jueves, 21 de noviembre de 2013

Capítulo 2 - Risas

 Pasó una semana desde el suceso con la Niña de Plata. Digo “suceso” porque no se me ocurre otra forma de caratularlo.  ¿Fue realmente un sueño? Había sido demasiado fuerte, las sensaciones a través de mi cuerpo se sentían tan reales, la estrellita de mar que apareció entre mis brazos, la cicatriz en mi pantorrilla izquierda. Porque sí, no lo había dicho antes pero aquella noche al ducharme la descubrí, allí en el mismo lugar donde el lobo me había arañado y donde nunca jamás había tenido nada más que no fueran pelos. Parecía antigua, como si la tuviera desde que era chiquito.

 Pero eso no fue lo único extraño. Resultó ser que a partir de ese día, y durante varios días más, dejé de soñar. Tenía miedo de dormirme y la presión me había terminado provocando insomnio. Si conseguía dormirme, no lo hacía más de 3 horas seguidas y en todo ese tiempo no soñaba absolutamente nada. Simplemente cerraba los ojos, los volvía a abrir y mágicamente habían transcurrido 3 horas de mi vida. Era casi como viajar en el tiempo, pero sólo hacia adelante y con desastrosos efectos secundarios.

 Mis noches de vigilia las pasaba frente al televisor viendo programas de juegos telefónicos o documentales sobre la migración de los patos o recetas de pastas caseras o aquel simpático pastor evangélico que gritaba cosas inentendibles en portugués. Este terminó siendo mi favorito. El portugués es un hermoso idioma, y muy similar al español, así que me entretenía intentando adivinar qué era lo que estaba diciendo. Quizás mi inconsciente creía que me encontraba poseído por un demonio, o que todo esto era un castigo divino y, al lograr traducir finalmente las palabras del pastor, hallaría la salvación y volvería a dormir tranquilamente y tendría sueños normales de los que no despertaría con objetos en mis manos y cicatrices en mis piernas.

 Durante el día era mucho peor, me movía como un zombie de mi casa al trabajo sin prestar atención. Casi me atropellan cuatro veces. La primera fue un Gol negro que cruzó un semáforo en rojo, la segunda un taxi que dobló demasiado rápido una esquina, la tercera un colectivo 60 que no entiendo cómo no vi abalanzarse hacia mí y la última un ciclista que a último segundo giró el manubrio hábilmente y pudo esquivarme. Tuve suerte de que no me matara su bicicleta pero aún más de que no se bajara a terminar el trabajo él mismo con sus propias manos.

  Una vez llegaba a la oficina las cosas empeoraban. Claramente llegaba tarde. Lo gracioso del insomnio es que durante las noches no podés pegar un ojo pero, una vez lo conseguís, es casi imposible despertarte. Todas las mañanas se libraba una feroz batalla entre la alarma del celular y la calidez de mis sábanas que concluía con la alegre victoria de las sábanas que se envolvían en todo mi cuerpo formando un capullo de comodidad. Por desgracia mi maldita conciencia entraba en acción y la culpa me impedía volver a dormirme por lo que, varios minutos después, estaba de pie en la cocina preparándome un café. 

 La primera vez mi jefe no dijo nada, al fin y al cabo llevaba 2 años y medio de asistencia perfecta. Al cuarto día empezó a preocuparse, me llevó a su oficina y me preguntó si algo andaba mal. Le comenté mis problemas para dormir, respondió que debía consultar un médico y que procurara que no vuelva a suceder porque la puntualidad es un símbolo de responsabilidad y seriedad, que es la imagen que ellos quieren transmitir tanto interna como externamente y que, en caso contrario, no le quedaría otra alternativa que recortarme el sueldo. Cada vez que terminaba una oración yo asentía levemente con la cabeza, aclaré que no volvería a suceder, pedí perdón y me senté en mi computadora. Así pasaba 8 interminables horas para luego intentar, de la manera que fuese, regresar a casa sin desmayarme en el camino.

 Una vez en la seguridad de mi departamento aplasté mi cuerpo contra el sillón, me quité los zapatos y estirando mi pierna fui alcanzando hacia mí el control remoto que, vaya uno a saber cómo, acabó debajo de la mesita ratona. Prendí la tele y comencé mi ritual diario de zapping. 7 de la tarde. 6 horas me separaban de mi querido pastor brasilero así que dejé en el mismo canal un documental sobre la selva del Amazonas.

 Animales maravillosos, vegetación sin límite, naturaleza, verde, vida, mucha vida. Giré mi cabeza hacia la ventana solo para comprobar que el melancólico gris del edificio del frente seguía en su lugar. Intenté recordar inútilmente hacía cuánto que no pasaba un día completo al aire libre. Hice una nota mental con ello, este fin de semana iría a una plaza, caminaría descalzo por el césped (que ojalá estuviese húmedo) y me tiraría a descansar bajo la sombra de un árbol. Sí, un excelente plan. Mientras mis pensamientos giraban en torno a eso, lentamente mis párpados se fueron haciendo cada vez más y más pesados y así casi sin darme cuenta se cerraron por completo.

 Algo golpeó mi espalda con fuerza y salí despedido ligeramente hacia adelante.

-¡Rápido! ¡No tenemos tiempo de descansar! ¡Debemos llegar al campamento antes de que anochezca!

 El dueño de la voz  era un hombre fornido, de unos 40 años, vestido como un típico explorador de principios de Siglo XX, llevaba un rifle al hombro y su rostro estaba decorado por un majestuoso bigote.

 -¿¡Qué sucede chico?! ¿¡Acaso quieres terminar como Arnaldo?! ¡TENEMOS QUE MOVERNOS ANTES DE QUE ESAS COSAS SALGAN!

 No tenía idea de lo que este señor estaba hablando, di un rápido vistazo a mi alrededor y solo pude ver verde. Ya no me encontraba en mi casa, había sucedido otra vez. Las paredes de hormigón habían sido reemplazadas por una multitud de retorcidos árboles, huidizos helechos y enormes raíces sobresalientes. Formaba parte de un grupo de 5 exploradores avanzando en medio de la selva. “El Amazonas”, seguramente.

 Un hombre negro salió de en medio de la vegetación y se adelantó hacia el Señor Bigote y comenzó a hablar rápidamente con un marcado acento brasileño

-¡Capitán! El campamento más próximo se encuentra unos veinte kilómetros al sureste. Estamos yendo en la dirección correcta mas tenho malas noticias. Un par de metros à  frente tenemos el río. É demasiado grande para atravessar nadando y la corriente es demasiado fuerte. Debemos bordearlo.

-¡Maldición! –bramó el Capitán – Gracias Manoel. Avanzaremos hacia el sur hasta que el río se estreche. No nos quedará otra que arriesgarnos a cruzar nadando. O nos comen los cocodrilos o nos comen estas criaturas. ¿Cuántas horas de sol dices que tenemos?

-Eu diría que unas 2 horas con suerte.

-Bien, tenemos que movernos con más prisa entonces. ¡Vamos todos! ¡Muevan esas piernas! ¡Tenemos que llegar al campamento en 2 horas!

No tenía idea de lo que estaba sucediendo pero fuese lo que fuese, no parecía nada bueno. Bastaba con ver las caras de los hombres que me acompañaban, sucios y algunos con vendas en sus brazos y piernas, para comprender que esas “criaturas” de las que hablaban no eran nada bueno. Sin embargo no podía preguntar, pensarían que estaba loco por no recordar nada. Hasta donde sabía, yo era un integrante más de esa expedición.

Avanzamos hasta llegar al río que indefectiblemente era imposible de cruzar a nado. Unos 30 metros nos separaban de la otra orilla  y la corriente era espectacular. Debía de hacer falta una fuerza hercúlea para poder hacerle frente a esas aguas y todos estábamos demasiado cansados como para siquiera intentarlo. Vaya uno a saber desde hace cuánto que manteníamos ese ritmo de marcha.

El cuerpo que ahora me encontraba habitando apenas conservaba fuerzas, llevaba el uniforme rasgado, las uñas llenas de tierra, las rodillas sangrantes y mi única seguridad era un rifle que a cada paso parecía aumentar de peso una tonelada. En el “mundo real” las únicas armas que había empuñado disparaban agua pero quería creer que en este mundo, sería capaz de cargar, apuntar y disparar sin problemas. Una parte de mi inconsciente sabía que así sería llegado el momento.

 La noche empezaba a cernirse sobre nosotros y todavía no habíamos encontrado un solo punto donde cruzar el río pareciese más fácil. Mis compañeros se estaban desesperando. Desde la densidad de la selva nos llegaron unos ruidos que jamás había oído. Una especie de chillidos como los que hacen algunos simios pero con un aspecto mucho más amenazador y un extraño y perturbador parentesco con la risa humana.

 Los hombres se frenaron de golpe, descolgaron sus mochilas y sacaron antorchas que luego encendieron con una caja de fósforos que iba pasando de mano temblorosa en mano temblorosa. Los imité sin rechistar y encendí la mía en cuanto tuve en mano la cajita.

 El calor de la llama golpeaba contra mi cara. Las gotas de sudor dejaban surcos en mi frente. Nuevamente todo era real. Sea lo que fuere que estaba escondido en las sombras, era peligroso. Podía notarlo en los ojos de mis compañeros. Las “criaturas” de las que hablaba el Capitán eran reales y debían ser temidas.

Nos pusimos nuevamente en marcha, esta vez un poco más rápido. El río serpenteaba ligeramente pero no parecía hacer el más mínimo intento por estrecharse. En un momento hasta me pareció que había aumentado su caudal. Un rayo de luz iluminó la noche y un par de segundos después un trueno partió el mundo en dos.

-No puede ser –dijo el Capitán con la voz más preocupada que antes- Se viene una tormenta. Tenemos que llegar al campamento cuanto antes.

Las risas estaban cada vez más cerca nuestro. Casi podía sentir el aliento de las criaturas en mi nuca. Mientras más avanzábamos no podía quitarme de encima la sensación de que nos dirigíamos a una trampa. La muerte acechaba a nuestro alrededor, jugaba con nosotros, sabía que, tarde o temprano, caeríamos presos de ella.

Una de las risas dio paso a un agudo y desgarrador gruñido. Un hombre rechoncho gritó de pavor y comenzó a correr con todas las fuerzas que le quedaban.  No hizo caso de los bramidos del Capitán que ordenaba que permaneciéramos todos juntos. Avanzó varios metros, tropezó con una raíz saliente y cayó de bruces al suelo. La antorcha salió despedida de sus manos, voló por los aires hasta que cayó en el agua y se apagó. La oscuridad envolvió por completo al hombre rechoncho que se transformó en puros gritos de terror hasta que, finalmente, fueron las risas las que lo envolvieron. Luego, silencio.

 El resto del grupo permaneció inmóvil contemplando la escena. En ese momento comprendí lo que estaba pasando. Algo horrendo y mortal habitaba en las sombras, no podíamos verlos pero ellos le temían a la luz. Las antorchas eran nuestra única salvación. Si llegaran a apagarse terminaríamos todos como el hombre rechoncho. Para hacer aún más desalentador el panorama, una tormenta se aproximaba.

¡Por dios! ¡¿Qué hacía ahí?! ¡¿Qué estaba pasando?! ¿Por qué en un segundo estaba sentado en el sillón de mi casa y ahora estaba corriendo por mi vida en medio de la selva? Nunca antes en mi vida me había sentido como en ese momento. El rifle que llevaba en mis manos no servía para nada. ¿Cómo iba a darle a un enemigo que usaba como escudo la misma oscuridad?

 Cuando los lobos me habían atacado la noche que estuve con la Niña de Plata, al día siguiente me había despertado con una herida en la pierna. ¿Qué pasaría si estas cosas me atraparan ahora? ¿Moriría? ¿Realmente moriría mientras dormía? ¿Estaba durmiendo? ¿Esto era un sueño? No podía serlo, era imposible. ¿En mi departamento seguiría mi cuerpo durmiente sobre el sillón? Si mi cuerpo estaba allá, ¿qué era esto que estaba acá? ¿Qué era ese dolor que sentía en las piernas a cada paso que daba? ¿Por qué parecía que mi corazón fuera a explotar dentro de mi pecho? 

“¡Quiero despertar! ¡Quiero despertar! ¡Quiero despertar! ¡Quiero volver a mi casa! ¡Quiero volver a mi trabajo aburrido! ¡Quiero volver a la ciudad gris! ¡Quiero escuchar otra vez al pastor brasilero! ¡No quiero estar más en esta estúpida selva! ¡No quiero tener que correr más por mi vida! ¡No quiero más estos sueños sin sentido! ¡No los quiero más! ¡Basta! ¡No quiero morir!...

No quiero morir…”

-¡¿Te querés morir?!–La voz apenas llegaba hasta mi

-¿Eh? – No podía hablar, tenía la boca completamente seca. No entendía donde estaba

-¡¿Querés morir chico?!  -Era la voz del Capitán. Tenía su rostro a pocos centímetros del mío, con las manos mantenía mi cabeza con la vista clavada en sus ojos. Por alguna razón me encontraba arrodillado en el suelo, la antorcha se me había caído de las manos - ¡Sé que es duro! Conocía al Señor Güemes desde hacía años. Creéme que me duele en el alma lo que acaba de pasar. No fue el primero que perdemos pero quiero, con todas mis fuerzas, que sea el último. Así que ahora te vas a poner de pie, te vas a apoyar en mi hombro y vamos a salir de acá antes de que la lluvia apague el poco fuego que tenemos.

Y así reemprendimos la marcha. Al pasar por donde Güemes había tropezado pudimos ver las manchas de sangre en el césped que la lluvia todavía no había podido borrar. Las risas no sólo no frenaron sino que su frecuencia aumentó más y más. También parecían más cercanas. Todo el tiempo tenía la sensación de que algo pasaba corriendo por detrás de mí.

El Capitán me ayudó a continuar. Un gran hombre sin dudas. Mientras caminábamos comenzó a hablar con todo el equipo para ayudarnos a mantener la compostura. Su nombre completo era Aureliano Carlos Sandoval, tenía 38 años recién cumplidos y una familia esperándolo en casa. Una esposa y una hija más precisamente. Presumía de su habilidad en el ajedrez y de cómo ser un buen estratega le había resultado esencial para convertirse en un reconocido cazador. Había cazado leones en Africa, tigres en la India, pumas en la Pampa. Le encantaba enfrentarse a bestias peligrosas. Pero en esta expedición le había tocado enfrentarse a algo más peligroso que todos esos animales juntos. Algo que escapaba a la comprensión humana.

 El hombre negro era brasilero, se llamaba Manoel Alves y era un simple pescador. Lo habían contratado como guía en la expedición por su gran conocimiento de la zona. El personaje restante era un alemán llamado Herbert, que no hablaba ni español ni  inglés. Se limitaba a hacer señas para comunicarse con el resto del grupo. Nadie sabía de dónde había venido ni por qué estaba allí. No pude evitar sentirme identificado con el pobre Herbert.

 Para cuando llegó mi turno de contar mi historia, las primeras gotas cayeron del cielo interrumpiéndome.  Esto no estaba bien, aún seguíamos sin encontrar un buen punto para atravesar el río. Además nos habíamos desviado mucho del camino original, retomarlo y mantener la orientación en plena oscuridad sería una tarea complicada.

-Capitán –habló de repente Manoel- creo que no hay opción. Ya está lloviendo y pronto aumentará en intensidad. Tendremos que cruzar por acá, es todo lo angosto que parece que va a volverse en un buen tramo.

El Capitán pensó un momento en silencio y luego aceptó la propuesta. Unos 5 metros separaban las orillas, con un poco de suerte haríamos pie durante todo el trayecto.

-¿Vas a poder cruzar sólo? –me preguntó.

-Lo intentaré. Creo que puedo hacerlo.

 Entramos al río, las botas se hundían en el barro del fondo, el agua todavía no alcanzaba nuestras rodillas pero ya podía sentirse la abrumadora fuerza con la que fluía. Paso a paso fuimos acortando la distancia hacia el otro extremo. A la mitad del camino el agua nos pasaba la cintura y la presión nos hacía avanzar a paso de tortuga. Herbert no pudo resistirla, resbaló y la corriente rápidamente se lo llevó. 

“Adiós Herbert. Me hubiera gustado conocer tu historia. Tal vez no entendías nada de lo que estaba pasando. Tal vez caíste acá por error. Tal vez viniéramos del mismo mundo… del Mundo Real”

 Al llegar al otro lado solo 3 quedábamos con vida. Empezamos a tratar de reubicar nuestro camino en silencio. Al menos todo el silencio que podíamos conseguir, la tormenta se había desatado y el sonido del agua y del viento mitigaba las risas. Pero aún seguían allí. Y no sólo en la orilla que habíamos abandonado.
 -Por aquí –anunció Manoel señalando a la espesura de la selva.

 Caminar entre la vegetación de noche era una experiencia totalmente distinta a hacerlo a la luz del día. Ya podía moverme por mi cuenta pero debía cuidar cada paso que daba para no tropezar. De este lado del río los helechos eran mucho más altos y las ramas de los árboles más bajas, cada tanto debía bajar la cabeza para poder pasar.

-¿En cuánto creés que vamos a llegar al campamento? –pregunté a Manoel

-Si seguimos a este ritmo… alrededor de…

 Las palabras murieron en su boca mientras sus ojos se abrían como platos. Volvió a mover los labios para dejar escapar un chorro de sangre entre toces. Las risas estallaban con una fuerza que no habíamos sentido hasta el momento. Haciendo acopio de todas las fuerzas que le quedaban, Manoel llegó a pronunciar unas últimas palabras: “Huyan”

 Si caminar por la selva sin tropezar era complicado, no se imaginan lo que era avanzar en plena plena carrera. Una especie de sexto sentido se activó en mi cabeza y me permitió de alguna manera esquivar las ramas bajas y saltar las raíces crecidas. Corrimos y corrimos a máxima velocidad hasta que nos quedamos sin aliento.

 No podía ser. Se suponía que las criaturas le temían a la luz. No podían acercársenos si llevábamos las antorchas. No podían atacarnos. No podían hacernos daño. ¿Qué íbamos a hacer ahora sin Manoel? ¿Podríamos encontrar el campamento por nuestra cuenta?

 Las risas eran ahora gritos de euforia, totalmente descontroladas, en éxtasis. Parecían disfrutar cada segundo. Para ellas esto no era más que un juego. Se divertían y regocijaban en este macabro festival de muerte.

-Capitán… tenemos… que seguir.

-No…no puedo chico… creo que hasta acá llegué

 Aureliano Carlos Sandoval estaba de rodillas apoyando su peso contra el rifle para mantener el equilibrio. La antorcha descansaba en el suelo  y las flamas iluminaban una enorme mancha escarlata a la altura de su cintura.

-No Capitán, no voy a dejarlo. Lo puedo llevar, apóyese en mi hombro

-¡Tonterías! –gritó y apartó mi brazo con fuerza- No puedo seguir avanzando, si me llevaras lo único que lograrías sería retrasarte… Hay otra criatura… distinta a las demás… No le teme a la luz…y nos está persiguiendo… Si vamos juntos, tarde o temprano nos va a atrapar. Andá vos… Yo me quedo acá, tengo mi rifle y sé de qué dirección viene…No la va a sacar barata

-Pero Señor yo…

-¡Basta! ¡Andá dale!

-Está bien…

-Una última cosa chico… estoy seguro de que lo vas a lograr… Te pido un favor… Dale esto a mi hija –sacó del bolsillo de su camisa un pequeño objeto dorado- mi reloj… Dáselo… y dile que…lamento mucho no poder estar ahí para su cumpleaños… Es el mes que viene, ¿sabías?...Cumple 6 añitos… Realmente lo lamento mucho…

-Será un placer hacerlo.

-Muchas gracias chico…Ahora vete rápido

Me puse de pie y comencé a correr en la dirección que creía que era la misma que Manoel nos había indicado. Unos metros más adelante oí el sonido del rifle disparando. ¿Habría logrado el Capitán matar a esa cosa?  Dios quisiera que sí pero no tenía forma de averiguarlo.

Mis piernas seguían andando y no pararían hasta desaparecer. La vegetación cortaba mis hombros y piernas, choqué contra una rama baja y mi ojo izquierdo comenzó a hincharse, mis pies estaban llenos de ampollas reventadas. Todo me dolía como el diablo pero no importaba. No iba a parar.

De pronto más adelante alcancé a ver un destello de luz filtrándose entre la vegetación. Contuve la respiración y di una última carrera. Estaba en un claro. El césped era alto y llegaba hasta mis rodillas pero allí en el medio, a tan solo unos metros más adelante estaba el campamento. No eran más que un par de chozas montadas precariamente pero en aquel momento me parecieron el lugar más hermoso jamás construido.

Me desplomé en el suelo e hice lo único que podía hacer en ese momento: reír. Reí y reí como un loco. Tenía el corazón dado vuelta, las lágrimas no paraban de brotar de mis ojos, pensaba en Herbert, en Manoel, en el Capitán; en ellos que se habían quedado en el camino. Pero sin embargo lo había conseguido, había llegado hasta el final. Todo había terminado. Estaba a salvo.

La tristeza se fusionó con una inmensa alegría y dieron luz a una emoción que no tiene nombre, no puede ser explicada, solamente vivida. Mis carcajadas alcanzaron a los hombres del campamento y en pocos segundos estuve rodeado de miradas preocupadas. Entre dos hombres me levantaron y fueron llevándome hasta el interior de la choza.

Lo próximo que supe era que estaba de nuevo en el sillón de mi departamento. Miré la televisión, allí estaba el pastor brasilero, su nombre era Manoel, nunca le había prestado atención a ese detalle. No me pareció raro.

 Palpé el bolsillo de mi camisa y sentí un bultito. Metí la mano y saqué el reloj. Era uno de esos clásicos relojes de bolsillo dorados, lo abrí para inspeccionarlo mejor. De un lado las manecillas estaban clavadas en las 23:30, del otro una pequeña foto familiar en blanco y negro mostraba al Capitán con su esposa e hija bebé. Él cargaba a la pequeña.

La televisión entró en una tanda publicitaria y el locutor anunció: “A continuación no se pierda un nuevo episodio de Misterios Del Ayer. Esta noche les contaremos sobre las misteriosas desapariciones en el centro del Amazonas”

Levanté el control remoto del suelo y cambié de canal. Dejé sintonizado el canal mexicano, estaban dando El Chavo del 8.

Perfecto.


Esta noche sólo tenía ganas de reír.



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