Pasó una semana desde el suceso con la Niña de
Plata. Digo “suceso” porque no se me ocurre otra forma de caratularlo. ¿Fue realmente un sueño? Había sido demasiado
fuerte, las sensaciones a través de mi cuerpo se sentían tan reales, la
estrellita de mar que apareció entre mis brazos, la cicatriz en mi pantorrilla
izquierda. Porque sí, no lo había dicho antes pero aquella noche al ducharme la
descubrí, allí en el mismo lugar donde el lobo me había arañado y donde nunca
jamás había tenido nada más que no fueran pelos. Parecía antigua, como si la
tuviera desde que era chiquito.
Pero eso no fue lo único extraño. Resultó ser
que a partir de ese día, y durante varios días más, dejé de soñar. Tenía miedo
de dormirme y la presión me había terminado provocando insomnio. Si conseguía
dormirme, no lo hacía más de 3 horas seguidas y en todo ese tiempo no soñaba
absolutamente nada. Simplemente cerraba los ojos, los volvía a abrir y
mágicamente habían transcurrido 3 horas de mi vida. Era casi como viajar en el
tiempo, pero sólo hacia adelante y con desastrosos efectos secundarios.
Mis noches de vigilia las pasaba frente al
televisor viendo programas de juegos telefónicos o documentales sobre la
migración de los patos o recetas de pastas caseras o aquel simpático pastor
evangélico que gritaba cosas inentendibles en portugués. Este terminó siendo mi
favorito. El portugués es un hermoso idioma, y muy similar al español, así que
me entretenía intentando adivinar qué era lo que estaba diciendo. Quizás mi
inconsciente creía que me encontraba poseído por un demonio, o que todo esto
era un castigo divino y, al lograr traducir finalmente las palabras del pastor,
hallaría la salvación y volvería a dormir tranquilamente y tendría sueños
normales de los que no despertaría con objetos en mis manos y cicatrices en mis
piernas.
Durante el día era mucho peor, me movía como
un zombie de mi casa al trabajo sin prestar atención. Casi me atropellan cuatro
veces. La primera fue un Gol negro que cruzó un semáforo en rojo, la segunda un
taxi que dobló demasiado rápido una esquina, la tercera un colectivo 60 que no
entiendo cómo no vi abalanzarse hacia mí y la última un ciclista que a último
segundo giró el manubrio hábilmente y pudo esquivarme. Tuve suerte de que no me
matara su bicicleta pero aún más de que no se bajara a terminar el trabajo él
mismo con sus propias manos.
Una vez
llegaba a la oficina las cosas empeoraban. Claramente llegaba tarde. Lo
gracioso del insomnio es que durante las noches no podés pegar un ojo pero, una
vez lo conseguís, es casi imposible despertarte. Todas las mañanas se libraba
una feroz batalla entre la alarma del celular y la calidez de mis sábanas que
concluía con la alegre victoria de las sábanas que se envolvían en todo mi
cuerpo formando un capullo de comodidad. Por desgracia mi maldita conciencia
entraba en acción y la culpa me impedía volver a dormirme por lo que, varios
minutos después, estaba de pie en la cocina preparándome un café.
La primera vez mi jefe no dijo nada, al fin y
al cabo llevaba 2 años y medio de asistencia perfecta. Al cuarto día empezó a
preocuparse, me llevó a su oficina y me preguntó si algo andaba mal. Le comenté
mis problemas para dormir, respondió que debía consultar un médico y que
procurara que no vuelva a suceder porque la puntualidad es un símbolo de
responsabilidad y seriedad, que es la imagen que ellos quieren transmitir tanto
interna como externamente y que, en caso contrario, no le quedaría otra
alternativa que recortarme el sueldo. Cada vez que terminaba una oración yo asentía
levemente con la cabeza, aclaré que no volvería a suceder, pedí perdón y me
senté en mi computadora. Así pasaba 8 interminables horas para luego intentar,
de la manera que fuese, regresar a casa sin desmayarme en el camino.
Una vez en la seguridad de mi departamento
aplasté mi cuerpo contra el sillón, me quité los zapatos y estirando mi pierna
fui alcanzando hacia mí el control remoto que, vaya uno a saber cómo, acabó
debajo de la mesita ratona. Prendí la tele y comencé mi ritual diario de
zapping. 7 de la tarde. 6 horas me separaban de mi querido pastor brasilero así
que dejé en el mismo canal un documental sobre la selva del Amazonas.
Animales maravillosos, vegetación sin límite,
naturaleza, verde, vida, mucha vida. Giré mi cabeza hacia la ventana solo para
comprobar que el melancólico gris del edificio del frente seguía en su lugar.
Intenté recordar inútilmente hacía cuánto que no pasaba un día completo al aire
libre. Hice una nota mental con ello, este fin de semana iría a una plaza,
caminaría descalzo por el césped (que ojalá estuviese húmedo) y me tiraría a
descansar bajo la sombra de un árbol. Sí, un excelente plan. Mientras mis
pensamientos giraban en torno a eso, lentamente mis párpados se fueron haciendo
cada vez más y más pesados y así casi sin darme cuenta se cerraron por completo.
Algo golpeó mi espalda con fuerza y salí
despedido ligeramente hacia adelante.
-¡Rápido! ¡No tenemos tiempo de
descansar! ¡Debemos llegar al campamento antes de que anochezca!
El dueño de la voz era un hombre fornido, de unos 40 años,
vestido como un típico explorador de principios de Siglo XX, llevaba un rifle
al hombro y su rostro estaba decorado por un majestuoso bigote.
-¿¡Qué sucede chico?! ¿¡Acaso quieres terminar
como Arnaldo?! ¡TENEMOS QUE MOVERNOS ANTES DE QUE ESAS COSAS SALGAN!
No tenía idea de lo que este señor estaba
hablando, di un rápido vistazo a mi alrededor y solo pude ver verde. Ya no me
encontraba en mi casa, había sucedido otra vez. Las paredes de hormigón habían
sido reemplazadas por una multitud de retorcidos árboles, huidizos helechos y
enormes raíces sobresalientes. Formaba parte de un grupo de 5 exploradores
avanzando en medio de la selva. “El Amazonas”, seguramente.
Un hombre negro salió de en medio de la
vegetación y se adelantó hacia el Señor Bigote y comenzó a hablar rápidamente
con un marcado acento brasileño
-¡Capitán! El campamento más
próximo se encuentra unos veinte kilómetros al sureste. Estamos yendo en la
dirección correcta mas tenho malas
noticias. Un par de metros à frente tenemos el río. É demasiado grande para atravessar nadando
y la corriente es demasiado fuerte. Debemos bordearlo.
-¡Maldición! –bramó el Capitán –
Gracias Manoel. Avanzaremos hacia el sur hasta que el río se estreche. No nos
quedará otra que arriesgarnos a cruzar nadando. O nos comen los cocodrilos o
nos comen estas criaturas. ¿Cuántas horas de sol dices que tenemos?
-Eu diría que unas 2 horas con suerte.
-Bien, tenemos que movernos con
más prisa entonces. ¡Vamos todos! ¡Muevan esas piernas! ¡Tenemos que llegar al
campamento en 2 horas!
No tenía idea de lo que estaba
sucediendo pero fuese lo que fuese, no parecía nada bueno. Bastaba con ver las
caras de los hombres que me acompañaban, sucios y algunos con vendas en sus
brazos y piernas, para comprender que esas “criaturas” de las que hablaban no
eran nada bueno. Sin embargo no podía preguntar, pensarían que estaba loco por
no recordar nada. Hasta donde sabía, yo era un integrante más de esa
expedición.
Avanzamos hasta llegar al río que
indefectiblemente era imposible de cruzar a nado. Unos 30 metros nos separaban
de la otra orilla y la corriente era
espectacular. Debía de hacer falta una fuerza hercúlea para poder hacerle
frente a esas aguas y todos estábamos demasiado cansados como para siquiera
intentarlo. Vaya uno a saber desde hace cuánto que manteníamos ese ritmo de
marcha.
El cuerpo que ahora me encontraba
habitando apenas conservaba fuerzas, llevaba el uniforme rasgado, las uñas
llenas de tierra, las rodillas sangrantes y mi única seguridad era un rifle que
a cada paso parecía aumentar de peso una tonelada. En el “mundo real” las
únicas armas que había empuñado disparaban agua pero quería creer que en este
mundo, sería capaz de cargar, apuntar y disparar sin problemas. Una parte de mi
inconsciente sabía que así sería llegado el momento.
La noche empezaba a cernirse sobre nosotros y
todavía no habíamos encontrado un solo punto donde cruzar el río pareciese más
fácil. Mis compañeros se estaban desesperando. Desde la densidad de la selva
nos llegaron unos ruidos que jamás había oído. Una especie de chillidos como
los que hacen algunos simios pero con un aspecto mucho más amenazador y un
extraño y perturbador parentesco con la risa humana.
Los hombres se frenaron de golpe, descolgaron
sus mochilas y sacaron antorchas que luego encendieron con una caja de fósforos
que iba pasando de mano temblorosa en mano temblorosa. Los imité sin rechistar
y encendí la mía en cuanto tuve en mano la cajita.
El calor de la llama golpeaba contra mi cara.
Las gotas de sudor dejaban surcos en mi frente. Nuevamente todo era real. Sea
lo que fuere que estaba escondido en las sombras, era peligroso. Podía notarlo
en los ojos de mis compañeros. Las “criaturas” de las que hablaba el Capitán
eran reales y debían ser temidas.
Nos pusimos nuevamente en marcha,
esta vez un poco más rápido. El río serpenteaba ligeramente pero no parecía
hacer el más mínimo intento por estrecharse. En un momento hasta me pareció que
había aumentado su caudal. Un rayo de luz iluminó la noche y un par de segundos
después un trueno partió el mundo en dos.
-No puede ser –dijo el Capitán
con la voz más preocupada que antes- Se viene una tormenta. Tenemos que llegar
al campamento cuanto antes.
Las risas estaban cada vez más
cerca nuestro. Casi podía sentir el aliento de las criaturas en mi nuca.
Mientras más avanzábamos no podía quitarme de encima la sensación de que nos
dirigíamos a una trampa. La muerte acechaba a nuestro alrededor, jugaba con
nosotros, sabía que, tarde o temprano, caeríamos presos de ella.
Una de las risas dio paso a un
agudo y desgarrador gruñido. Un hombre rechoncho gritó de pavor y comenzó a
correr con todas las fuerzas que le quedaban.
No hizo caso de los bramidos del Capitán que ordenaba que
permaneciéramos todos juntos. Avanzó varios metros, tropezó con una raíz
saliente y cayó de bruces al suelo. La antorcha salió despedida de sus manos,
voló por los aires hasta que cayó en el agua y se apagó. La oscuridad envolvió
por completo al hombre rechoncho que se transformó en puros gritos de terror
hasta que, finalmente, fueron las risas las que lo envolvieron. Luego,
silencio.
El resto del grupo permaneció inmóvil
contemplando la escena. En ese momento comprendí lo que estaba pasando. Algo
horrendo y mortal habitaba en las sombras, no podíamos verlos pero ellos le
temían a la luz. Las antorchas eran nuestra única salvación. Si llegaran a
apagarse terminaríamos todos como el hombre rechoncho. Para hacer aún más
desalentador el panorama, una tormenta se aproximaba.
¡Por dios! ¡¿Qué hacía ahí?!
¡¿Qué estaba pasando?! ¿Por qué en un segundo estaba sentado en el sillón de mi
casa y ahora estaba corriendo por mi vida en medio de la selva? Nunca antes en
mi vida me había sentido como en ese momento. El rifle que llevaba en mis manos
no servía para nada. ¿Cómo iba a darle a un enemigo que usaba como escudo la
misma oscuridad?
Cuando los lobos me habían atacado la noche
que estuve con la Niña de Plata, al día siguiente me había despertado con una
herida en la pierna. ¿Qué pasaría si estas cosas me atraparan ahora? ¿Moriría?
¿Realmente moriría mientras dormía? ¿Estaba durmiendo? ¿Esto era un sueño? No
podía serlo, era imposible. ¿En mi departamento seguiría mi cuerpo durmiente
sobre el sillón? Si mi cuerpo estaba allá, ¿qué era esto que estaba acá? ¿Qué
era ese dolor que sentía en las piernas a cada paso que daba? ¿Por qué parecía
que mi corazón fuera a explotar dentro de mi pecho?
“¡Quiero despertar! ¡Quiero
despertar! ¡Quiero despertar! ¡Quiero volver a mi casa! ¡Quiero volver a mi
trabajo aburrido! ¡Quiero volver a la ciudad gris! ¡Quiero escuchar otra vez al
pastor brasilero! ¡No quiero estar más en esta estúpida selva! ¡No quiero tener
que correr más por mi vida! ¡No quiero más estos sueños sin sentido! ¡No los
quiero más! ¡Basta! ¡No quiero morir!...
No quiero morir…”
-¡¿Te querés morir?!–La voz
apenas llegaba hasta mi
-¿Eh? – No podía hablar, tenía la
boca completamente seca. No entendía donde estaba
-¡¿Querés morir chico?! -Era la voz del Capitán. Tenía su rostro a
pocos centímetros del mío, con las manos mantenía mi cabeza con la vista
clavada en sus ojos. Por alguna razón me encontraba arrodillado en el suelo, la
antorcha se me había caído de las manos - ¡Sé que es duro! Conocía al Señor
Güemes desde hacía años. Creéme que me duele en el alma lo que acaba de pasar.
No fue el primero que perdemos pero quiero, con todas mis fuerzas, que sea el
último. Así que ahora te vas a poner de pie, te vas a apoyar en mi hombro y
vamos a salir de acá antes de que la lluvia apague el poco fuego que tenemos.
Y así reemprendimos la marcha. Al
pasar por donde Güemes había tropezado pudimos ver las manchas de sangre en el
césped que la lluvia todavía no había podido borrar. Las risas no sólo no
frenaron sino que su frecuencia aumentó más y más. También parecían más
cercanas. Todo el tiempo tenía la sensación de que algo pasaba corriendo por
detrás de mí.
El Capitán me ayudó a continuar.
Un gran hombre sin dudas. Mientras caminábamos comenzó a hablar con todo el
equipo para ayudarnos a mantener la compostura. Su nombre completo era
Aureliano Carlos Sandoval, tenía 38 años recién cumplidos y una familia
esperándolo en casa. Una esposa y una hija más precisamente. Presumía de su
habilidad en el ajedrez y de cómo ser un buen estratega le había resultado
esencial para convertirse en un reconocido cazador. Había cazado leones en
Africa, tigres en la India, pumas en la Pampa. Le encantaba enfrentarse a
bestias peligrosas. Pero en esta expedición le había tocado enfrentarse a algo
más peligroso que todos esos animales juntos. Algo que escapaba a la
comprensión humana.
El hombre negro era brasilero, se llamaba
Manoel Alves y era un simple pescador. Lo habían contratado como guía en la
expedición por su gran conocimiento de la zona. El personaje restante era un
alemán llamado Herbert, que no hablaba ni español ni inglés. Se limitaba a hacer señas para
comunicarse con el resto del grupo. Nadie sabía de dónde había venido ni por
qué estaba allí. No pude evitar sentirme identificado con el pobre Herbert.
Para cuando llegó mi turno de contar mi
historia, las primeras gotas cayeron del cielo interrumpiéndome. Esto no estaba bien, aún seguíamos sin
encontrar un buen punto para atravesar el río. Además nos habíamos desviado
mucho del camino original, retomarlo y mantener la orientación en plena
oscuridad sería una tarea complicada.
-Capitán –habló de repente
Manoel- creo que no hay opción. Ya está lloviendo y pronto aumentará en
intensidad. Tendremos que cruzar por acá, es todo lo angosto que parece que va
a volverse en un buen tramo.
El Capitán pensó un momento en
silencio y luego aceptó la propuesta. Unos 5 metros separaban las orillas, con
un poco de suerte haríamos pie durante todo el trayecto.
-¿Vas a poder cruzar sólo? –me
preguntó.
-Lo intentaré. Creo que puedo
hacerlo.
Entramos al río, las botas se hundían en el
barro del fondo, el agua todavía no alcanzaba nuestras rodillas pero ya podía
sentirse la abrumadora fuerza con la que fluía. Paso a paso fuimos acortando la
distancia hacia el otro extremo. A la mitad del camino el agua nos pasaba la
cintura y la presión nos hacía avanzar a paso de tortuga. Herbert no pudo
resistirla, resbaló y la corriente rápidamente se lo llevó.
“Adiós Herbert. Me hubiera
gustado conocer tu historia. Tal vez no entendías nada de lo que estaba
pasando. Tal vez caíste acá por error. Tal vez viniéramos del mismo mundo… del
Mundo Real”
Al llegar al otro lado solo 3 quedábamos con
vida. Empezamos a tratar de reubicar nuestro camino en silencio. Al menos todo
el silencio que podíamos conseguir, la tormenta se había desatado y el sonido
del agua y del viento mitigaba las risas. Pero aún seguían allí. Y no sólo en
la orilla que habíamos abandonado.
-Por aquí –anunció Manoel señalando a la
espesura de la selva.
Caminar entre la vegetación de noche era una
experiencia totalmente distinta a hacerlo a la luz del día. Ya podía moverme
por mi cuenta pero debía cuidar cada paso que daba para no tropezar. De este
lado del río los helechos eran mucho más altos y las ramas de los árboles más
bajas, cada tanto debía bajar la cabeza para poder pasar.
-¿En cuánto creés que vamos a
llegar al campamento? –pregunté a Manoel
-Si seguimos a este ritmo…
alrededor de…
Las palabras murieron en su boca mientras sus
ojos se abrían como platos. Volvió a mover los labios para dejar escapar un
chorro de sangre entre toces. Las risas estallaban con una fuerza que no
habíamos sentido hasta el momento. Haciendo acopio de todas las fuerzas que le
quedaban, Manoel llegó a pronunciar unas últimas palabras: “Huyan”
Si caminar por la selva sin tropezar era
complicado, no se imaginan lo que era avanzar en plena plena carrera. Una
especie de sexto sentido se activó en mi cabeza y me permitió de alguna manera
esquivar las ramas bajas y saltar las raíces crecidas. Corrimos y corrimos a
máxima velocidad hasta que nos quedamos sin aliento.
No podía ser. Se suponía que las criaturas le
temían a la luz. No podían acercársenos si llevábamos las antorchas. No podían
atacarnos. No podían hacernos daño. ¿Qué íbamos a hacer ahora sin Manoel?
¿Podríamos encontrar el campamento por nuestra cuenta?
Las risas eran ahora gritos de euforia,
totalmente descontroladas, en éxtasis. Parecían disfrutar cada segundo. Para
ellas esto no era más que un juego. Se divertían y regocijaban en este macabro
festival de muerte.
-Capitán… tenemos… que seguir.
-No…no puedo chico… creo que
hasta acá llegué
Aureliano Carlos Sandoval estaba de rodillas
apoyando su peso contra el rifle para mantener el equilibrio. La antorcha
descansaba en el suelo y las flamas
iluminaban una enorme mancha escarlata a la altura de su cintura.
-No Capitán, no voy a dejarlo. Lo
puedo llevar, apóyese en mi hombro
-¡Tonterías! –gritó y apartó mi
brazo con fuerza- No puedo seguir avanzando, si me llevaras lo único que
lograrías sería retrasarte… Hay otra criatura… distinta a las demás… No le teme
a la luz…y nos está persiguiendo… Si vamos juntos, tarde o temprano nos va a
atrapar. Andá vos… Yo me quedo acá, tengo mi rifle y sé de qué dirección
viene…No la va a sacar barata
-Pero Señor yo…
-¡Basta! ¡Andá dale!
-Está bien…
-Una última cosa chico… estoy
seguro de que lo vas a lograr… Te pido un favor… Dale esto a mi hija –sacó del
bolsillo de su camisa un pequeño objeto dorado- mi reloj… Dáselo… y dile
que…lamento mucho no poder estar ahí para su cumpleaños… Es el mes que viene,
¿sabías?...Cumple 6 añitos… Realmente lo lamento mucho…
-Será un placer hacerlo.
-Muchas gracias chico…Ahora vete
rápido
Me puse de pie y comencé a correr
en la dirección que creía que era la misma que Manoel nos había indicado. Unos
metros más adelante oí el sonido del rifle disparando. ¿Habría logrado el
Capitán matar a esa cosa? Dios quisiera
que sí pero no tenía forma de averiguarlo.
Mis piernas seguían andando y no
pararían hasta desaparecer. La vegetación cortaba mis hombros y piernas, choqué
contra una rama baja y mi ojo izquierdo comenzó a hincharse, mis pies estaban llenos
de ampollas reventadas. Todo me dolía como el diablo pero no importaba. No iba
a parar.
De pronto más adelante alcancé a
ver un destello de luz filtrándose entre la vegetación. Contuve la respiración
y di una última carrera. Estaba en un claro. El césped era alto y llegaba hasta
mis rodillas pero allí en el medio, a tan solo unos metros más adelante estaba
el campamento. No eran más que un par de chozas montadas precariamente pero en
aquel momento me parecieron el lugar más hermoso jamás construido.
Me desplomé en el suelo e hice lo
único que podía hacer en ese momento: reír. Reí y reí como un loco. Tenía el
corazón dado vuelta, las lágrimas no paraban de brotar de mis ojos, pensaba en
Herbert, en Manoel, en el Capitán; en ellos que se habían quedado en el camino.
Pero sin embargo lo había conseguido, había llegado hasta el final. Todo había
terminado. Estaba a salvo.
La tristeza se fusionó con una
inmensa alegría y dieron luz a una emoción que no tiene nombre, no puede ser
explicada, solamente vivida. Mis carcajadas alcanzaron a los hombres del
campamento y en pocos segundos estuve rodeado de miradas preocupadas. Entre dos
hombres me levantaron y fueron llevándome hasta el interior de la choza.
Lo próximo que supe era que
estaba de nuevo en el sillón de mi departamento. Miré la televisión, allí
estaba el pastor brasilero, su nombre era Manoel, nunca le había prestado
atención a ese detalle. No me pareció raro.
Palpé el bolsillo de mi camisa y sentí un
bultito. Metí la mano y saqué el reloj. Era uno de esos clásicos relojes de bolsillo
dorados, lo abrí para inspeccionarlo mejor. De un lado las manecillas estaban
clavadas en las 23:30, del otro una pequeña foto familiar en blanco y negro
mostraba al Capitán con su esposa e hija bebé. Él cargaba a la pequeña.
La televisión entró en una tanda
publicitaria y el locutor anunció: “A continuación no se pierda un nuevo episodio
de Misterios Del Ayer. Esta noche les contaremos sobre las misteriosas
desapariciones en el centro del Amazonas”
Levanté el control remoto del
suelo y cambié de canal. Dejé sintonizado el canal mexicano, estaban dando El
Chavo del 8.
Perfecto.
Esta noche sólo tenía ganas de
reír.

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