jueves, 21 de noviembre de 2013

Capítulo 2 - Risas

 Pasó una semana desde el suceso con la Niña de Plata. Digo “suceso” porque no se me ocurre otra forma de caratularlo.  ¿Fue realmente un sueño? Había sido demasiado fuerte, las sensaciones a través de mi cuerpo se sentían tan reales, la estrellita de mar que apareció entre mis brazos, la cicatriz en mi pantorrilla izquierda. Porque sí, no lo había dicho antes pero aquella noche al ducharme la descubrí, allí en el mismo lugar donde el lobo me había arañado y donde nunca jamás había tenido nada más que no fueran pelos. Parecía antigua, como si la tuviera desde que era chiquito.

 Pero eso no fue lo único extraño. Resultó ser que a partir de ese día, y durante varios días más, dejé de soñar. Tenía miedo de dormirme y la presión me había terminado provocando insomnio. Si conseguía dormirme, no lo hacía más de 3 horas seguidas y en todo ese tiempo no soñaba absolutamente nada. Simplemente cerraba los ojos, los volvía a abrir y mágicamente habían transcurrido 3 horas de mi vida. Era casi como viajar en el tiempo, pero sólo hacia adelante y con desastrosos efectos secundarios.

 Mis noches de vigilia las pasaba frente al televisor viendo programas de juegos telefónicos o documentales sobre la migración de los patos o recetas de pastas caseras o aquel simpático pastor evangélico que gritaba cosas inentendibles en portugués. Este terminó siendo mi favorito. El portugués es un hermoso idioma, y muy similar al español, así que me entretenía intentando adivinar qué era lo que estaba diciendo. Quizás mi inconsciente creía que me encontraba poseído por un demonio, o que todo esto era un castigo divino y, al lograr traducir finalmente las palabras del pastor, hallaría la salvación y volvería a dormir tranquilamente y tendría sueños normales de los que no despertaría con objetos en mis manos y cicatrices en mis piernas.

 Durante el día era mucho peor, me movía como un zombie de mi casa al trabajo sin prestar atención. Casi me atropellan cuatro veces. La primera fue un Gol negro que cruzó un semáforo en rojo, la segunda un taxi que dobló demasiado rápido una esquina, la tercera un colectivo 60 que no entiendo cómo no vi abalanzarse hacia mí y la última un ciclista que a último segundo giró el manubrio hábilmente y pudo esquivarme. Tuve suerte de que no me matara su bicicleta pero aún más de que no se bajara a terminar el trabajo él mismo con sus propias manos.

  Una vez llegaba a la oficina las cosas empeoraban. Claramente llegaba tarde. Lo gracioso del insomnio es que durante las noches no podés pegar un ojo pero, una vez lo conseguís, es casi imposible despertarte. Todas las mañanas se libraba una feroz batalla entre la alarma del celular y la calidez de mis sábanas que concluía con la alegre victoria de las sábanas que se envolvían en todo mi cuerpo formando un capullo de comodidad. Por desgracia mi maldita conciencia entraba en acción y la culpa me impedía volver a dormirme por lo que, varios minutos después, estaba de pie en la cocina preparándome un café. 

 La primera vez mi jefe no dijo nada, al fin y al cabo llevaba 2 años y medio de asistencia perfecta. Al cuarto día empezó a preocuparse, me llevó a su oficina y me preguntó si algo andaba mal. Le comenté mis problemas para dormir, respondió que debía consultar un médico y que procurara que no vuelva a suceder porque la puntualidad es un símbolo de responsabilidad y seriedad, que es la imagen que ellos quieren transmitir tanto interna como externamente y que, en caso contrario, no le quedaría otra alternativa que recortarme el sueldo. Cada vez que terminaba una oración yo asentía levemente con la cabeza, aclaré que no volvería a suceder, pedí perdón y me senté en mi computadora. Así pasaba 8 interminables horas para luego intentar, de la manera que fuese, regresar a casa sin desmayarme en el camino.

 Una vez en la seguridad de mi departamento aplasté mi cuerpo contra el sillón, me quité los zapatos y estirando mi pierna fui alcanzando hacia mí el control remoto que, vaya uno a saber cómo, acabó debajo de la mesita ratona. Prendí la tele y comencé mi ritual diario de zapping. 7 de la tarde. 6 horas me separaban de mi querido pastor brasilero así que dejé en el mismo canal un documental sobre la selva del Amazonas.

 Animales maravillosos, vegetación sin límite, naturaleza, verde, vida, mucha vida. Giré mi cabeza hacia la ventana solo para comprobar que el melancólico gris del edificio del frente seguía en su lugar. Intenté recordar inútilmente hacía cuánto que no pasaba un día completo al aire libre. Hice una nota mental con ello, este fin de semana iría a una plaza, caminaría descalzo por el césped (que ojalá estuviese húmedo) y me tiraría a descansar bajo la sombra de un árbol. Sí, un excelente plan. Mientras mis pensamientos giraban en torno a eso, lentamente mis párpados se fueron haciendo cada vez más y más pesados y así casi sin darme cuenta se cerraron por completo.

 Algo golpeó mi espalda con fuerza y salí despedido ligeramente hacia adelante.

-¡Rápido! ¡No tenemos tiempo de descansar! ¡Debemos llegar al campamento antes de que anochezca!

 El dueño de la voz  era un hombre fornido, de unos 40 años, vestido como un típico explorador de principios de Siglo XX, llevaba un rifle al hombro y su rostro estaba decorado por un majestuoso bigote.

 -¿¡Qué sucede chico?! ¿¡Acaso quieres terminar como Arnaldo?! ¡TENEMOS QUE MOVERNOS ANTES DE QUE ESAS COSAS SALGAN!

 No tenía idea de lo que este señor estaba hablando, di un rápido vistazo a mi alrededor y solo pude ver verde. Ya no me encontraba en mi casa, había sucedido otra vez. Las paredes de hormigón habían sido reemplazadas por una multitud de retorcidos árboles, huidizos helechos y enormes raíces sobresalientes. Formaba parte de un grupo de 5 exploradores avanzando en medio de la selva. “El Amazonas”, seguramente.

 Un hombre negro salió de en medio de la vegetación y se adelantó hacia el Señor Bigote y comenzó a hablar rápidamente con un marcado acento brasileño

-¡Capitán! El campamento más próximo se encuentra unos veinte kilómetros al sureste. Estamos yendo en la dirección correcta mas tenho malas noticias. Un par de metros à  frente tenemos el río. É demasiado grande para atravessar nadando y la corriente es demasiado fuerte. Debemos bordearlo.

-¡Maldición! –bramó el Capitán – Gracias Manoel. Avanzaremos hacia el sur hasta que el río se estreche. No nos quedará otra que arriesgarnos a cruzar nadando. O nos comen los cocodrilos o nos comen estas criaturas. ¿Cuántas horas de sol dices que tenemos?

-Eu diría que unas 2 horas con suerte.

-Bien, tenemos que movernos con más prisa entonces. ¡Vamos todos! ¡Muevan esas piernas! ¡Tenemos que llegar al campamento en 2 horas!

No tenía idea de lo que estaba sucediendo pero fuese lo que fuese, no parecía nada bueno. Bastaba con ver las caras de los hombres que me acompañaban, sucios y algunos con vendas en sus brazos y piernas, para comprender que esas “criaturas” de las que hablaban no eran nada bueno. Sin embargo no podía preguntar, pensarían que estaba loco por no recordar nada. Hasta donde sabía, yo era un integrante más de esa expedición.

Avanzamos hasta llegar al río que indefectiblemente era imposible de cruzar a nado. Unos 30 metros nos separaban de la otra orilla  y la corriente era espectacular. Debía de hacer falta una fuerza hercúlea para poder hacerle frente a esas aguas y todos estábamos demasiado cansados como para siquiera intentarlo. Vaya uno a saber desde hace cuánto que manteníamos ese ritmo de marcha.

El cuerpo que ahora me encontraba habitando apenas conservaba fuerzas, llevaba el uniforme rasgado, las uñas llenas de tierra, las rodillas sangrantes y mi única seguridad era un rifle que a cada paso parecía aumentar de peso una tonelada. En el “mundo real” las únicas armas que había empuñado disparaban agua pero quería creer que en este mundo, sería capaz de cargar, apuntar y disparar sin problemas. Una parte de mi inconsciente sabía que así sería llegado el momento.

 La noche empezaba a cernirse sobre nosotros y todavía no habíamos encontrado un solo punto donde cruzar el río pareciese más fácil. Mis compañeros se estaban desesperando. Desde la densidad de la selva nos llegaron unos ruidos que jamás había oído. Una especie de chillidos como los que hacen algunos simios pero con un aspecto mucho más amenazador y un extraño y perturbador parentesco con la risa humana.

 Los hombres se frenaron de golpe, descolgaron sus mochilas y sacaron antorchas que luego encendieron con una caja de fósforos que iba pasando de mano temblorosa en mano temblorosa. Los imité sin rechistar y encendí la mía en cuanto tuve en mano la cajita.

 El calor de la llama golpeaba contra mi cara. Las gotas de sudor dejaban surcos en mi frente. Nuevamente todo era real. Sea lo que fuere que estaba escondido en las sombras, era peligroso. Podía notarlo en los ojos de mis compañeros. Las “criaturas” de las que hablaba el Capitán eran reales y debían ser temidas.

Nos pusimos nuevamente en marcha, esta vez un poco más rápido. El río serpenteaba ligeramente pero no parecía hacer el más mínimo intento por estrecharse. En un momento hasta me pareció que había aumentado su caudal. Un rayo de luz iluminó la noche y un par de segundos después un trueno partió el mundo en dos.

-No puede ser –dijo el Capitán con la voz más preocupada que antes- Se viene una tormenta. Tenemos que llegar al campamento cuanto antes.

Las risas estaban cada vez más cerca nuestro. Casi podía sentir el aliento de las criaturas en mi nuca. Mientras más avanzábamos no podía quitarme de encima la sensación de que nos dirigíamos a una trampa. La muerte acechaba a nuestro alrededor, jugaba con nosotros, sabía que, tarde o temprano, caeríamos presos de ella.

Una de las risas dio paso a un agudo y desgarrador gruñido. Un hombre rechoncho gritó de pavor y comenzó a correr con todas las fuerzas que le quedaban.  No hizo caso de los bramidos del Capitán que ordenaba que permaneciéramos todos juntos. Avanzó varios metros, tropezó con una raíz saliente y cayó de bruces al suelo. La antorcha salió despedida de sus manos, voló por los aires hasta que cayó en el agua y se apagó. La oscuridad envolvió por completo al hombre rechoncho que se transformó en puros gritos de terror hasta que, finalmente, fueron las risas las que lo envolvieron. Luego, silencio.

 El resto del grupo permaneció inmóvil contemplando la escena. En ese momento comprendí lo que estaba pasando. Algo horrendo y mortal habitaba en las sombras, no podíamos verlos pero ellos le temían a la luz. Las antorchas eran nuestra única salvación. Si llegaran a apagarse terminaríamos todos como el hombre rechoncho. Para hacer aún más desalentador el panorama, una tormenta se aproximaba.

¡Por dios! ¡¿Qué hacía ahí?! ¡¿Qué estaba pasando?! ¿Por qué en un segundo estaba sentado en el sillón de mi casa y ahora estaba corriendo por mi vida en medio de la selva? Nunca antes en mi vida me había sentido como en ese momento. El rifle que llevaba en mis manos no servía para nada. ¿Cómo iba a darle a un enemigo que usaba como escudo la misma oscuridad?

 Cuando los lobos me habían atacado la noche que estuve con la Niña de Plata, al día siguiente me había despertado con una herida en la pierna. ¿Qué pasaría si estas cosas me atraparan ahora? ¿Moriría? ¿Realmente moriría mientras dormía? ¿Estaba durmiendo? ¿Esto era un sueño? No podía serlo, era imposible. ¿En mi departamento seguiría mi cuerpo durmiente sobre el sillón? Si mi cuerpo estaba allá, ¿qué era esto que estaba acá? ¿Qué era ese dolor que sentía en las piernas a cada paso que daba? ¿Por qué parecía que mi corazón fuera a explotar dentro de mi pecho? 

“¡Quiero despertar! ¡Quiero despertar! ¡Quiero despertar! ¡Quiero volver a mi casa! ¡Quiero volver a mi trabajo aburrido! ¡Quiero volver a la ciudad gris! ¡Quiero escuchar otra vez al pastor brasilero! ¡No quiero estar más en esta estúpida selva! ¡No quiero tener que correr más por mi vida! ¡No quiero más estos sueños sin sentido! ¡No los quiero más! ¡Basta! ¡No quiero morir!...

No quiero morir…”

-¡¿Te querés morir?!–La voz apenas llegaba hasta mi

-¿Eh? – No podía hablar, tenía la boca completamente seca. No entendía donde estaba

-¡¿Querés morir chico?!  -Era la voz del Capitán. Tenía su rostro a pocos centímetros del mío, con las manos mantenía mi cabeza con la vista clavada en sus ojos. Por alguna razón me encontraba arrodillado en el suelo, la antorcha se me había caído de las manos - ¡Sé que es duro! Conocía al Señor Güemes desde hacía años. Creéme que me duele en el alma lo que acaba de pasar. No fue el primero que perdemos pero quiero, con todas mis fuerzas, que sea el último. Así que ahora te vas a poner de pie, te vas a apoyar en mi hombro y vamos a salir de acá antes de que la lluvia apague el poco fuego que tenemos.

Y así reemprendimos la marcha. Al pasar por donde Güemes había tropezado pudimos ver las manchas de sangre en el césped que la lluvia todavía no había podido borrar. Las risas no sólo no frenaron sino que su frecuencia aumentó más y más. También parecían más cercanas. Todo el tiempo tenía la sensación de que algo pasaba corriendo por detrás de mí.

El Capitán me ayudó a continuar. Un gran hombre sin dudas. Mientras caminábamos comenzó a hablar con todo el equipo para ayudarnos a mantener la compostura. Su nombre completo era Aureliano Carlos Sandoval, tenía 38 años recién cumplidos y una familia esperándolo en casa. Una esposa y una hija más precisamente. Presumía de su habilidad en el ajedrez y de cómo ser un buen estratega le había resultado esencial para convertirse en un reconocido cazador. Había cazado leones en Africa, tigres en la India, pumas en la Pampa. Le encantaba enfrentarse a bestias peligrosas. Pero en esta expedición le había tocado enfrentarse a algo más peligroso que todos esos animales juntos. Algo que escapaba a la comprensión humana.

 El hombre negro era brasilero, se llamaba Manoel Alves y era un simple pescador. Lo habían contratado como guía en la expedición por su gran conocimiento de la zona. El personaje restante era un alemán llamado Herbert, que no hablaba ni español ni  inglés. Se limitaba a hacer señas para comunicarse con el resto del grupo. Nadie sabía de dónde había venido ni por qué estaba allí. No pude evitar sentirme identificado con el pobre Herbert.

 Para cuando llegó mi turno de contar mi historia, las primeras gotas cayeron del cielo interrumpiéndome.  Esto no estaba bien, aún seguíamos sin encontrar un buen punto para atravesar el río. Además nos habíamos desviado mucho del camino original, retomarlo y mantener la orientación en plena oscuridad sería una tarea complicada.

-Capitán –habló de repente Manoel- creo que no hay opción. Ya está lloviendo y pronto aumentará en intensidad. Tendremos que cruzar por acá, es todo lo angosto que parece que va a volverse en un buen tramo.

El Capitán pensó un momento en silencio y luego aceptó la propuesta. Unos 5 metros separaban las orillas, con un poco de suerte haríamos pie durante todo el trayecto.

-¿Vas a poder cruzar sólo? –me preguntó.

-Lo intentaré. Creo que puedo hacerlo.

 Entramos al río, las botas se hundían en el barro del fondo, el agua todavía no alcanzaba nuestras rodillas pero ya podía sentirse la abrumadora fuerza con la que fluía. Paso a paso fuimos acortando la distancia hacia el otro extremo. A la mitad del camino el agua nos pasaba la cintura y la presión nos hacía avanzar a paso de tortuga. Herbert no pudo resistirla, resbaló y la corriente rápidamente se lo llevó. 

“Adiós Herbert. Me hubiera gustado conocer tu historia. Tal vez no entendías nada de lo que estaba pasando. Tal vez caíste acá por error. Tal vez viniéramos del mismo mundo… del Mundo Real”

 Al llegar al otro lado solo 3 quedábamos con vida. Empezamos a tratar de reubicar nuestro camino en silencio. Al menos todo el silencio que podíamos conseguir, la tormenta se había desatado y el sonido del agua y del viento mitigaba las risas. Pero aún seguían allí. Y no sólo en la orilla que habíamos abandonado.
 -Por aquí –anunció Manoel señalando a la espesura de la selva.

 Caminar entre la vegetación de noche era una experiencia totalmente distinta a hacerlo a la luz del día. Ya podía moverme por mi cuenta pero debía cuidar cada paso que daba para no tropezar. De este lado del río los helechos eran mucho más altos y las ramas de los árboles más bajas, cada tanto debía bajar la cabeza para poder pasar.

-¿En cuánto creés que vamos a llegar al campamento? –pregunté a Manoel

-Si seguimos a este ritmo… alrededor de…

 Las palabras murieron en su boca mientras sus ojos se abrían como platos. Volvió a mover los labios para dejar escapar un chorro de sangre entre toces. Las risas estallaban con una fuerza que no habíamos sentido hasta el momento. Haciendo acopio de todas las fuerzas que le quedaban, Manoel llegó a pronunciar unas últimas palabras: “Huyan”

 Si caminar por la selva sin tropezar era complicado, no se imaginan lo que era avanzar en plena plena carrera. Una especie de sexto sentido se activó en mi cabeza y me permitió de alguna manera esquivar las ramas bajas y saltar las raíces crecidas. Corrimos y corrimos a máxima velocidad hasta que nos quedamos sin aliento.

 No podía ser. Se suponía que las criaturas le temían a la luz. No podían acercársenos si llevábamos las antorchas. No podían atacarnos. No podían hacernos daño. ¿Qué íbamos a hacer ahora sin Manoel? ¿Podríamos encontrar el campamento por nuestra cuenta?

 Las risas eran ahora gritos de euforia, totalmente descontroladas, en éxtasis. Parecían disfrutar cada segundo. Para ellas esto no era más que un juego. Se divertían y regocijaban en este macabro festival de muerte.

-Capitán… tenemos… que seguir.

-No…no puedo chico… creo que hasta acá llegué

 Aureliano Carlos Sandoval estaba de rodillas apoyando su peso contra el rifle para mantener el equilibrio. La antorcha descansaba en el suelo  y las flamas iluminaban una enorme mancha escarlata a la altura de su cintura.

-No Capitán, no voy a dejarlo. Lo puedo llevar, apóyese en mi hombro

-¡Tonterías! –gritó y apartó mi brazo con fuerza- No puedo seguir avanzando, si me llevaras lo único que lograrías sería retrasarte… Hay otra criatura… distinta a las demás… No le teme a la luz…y nos está persiguiendo… Si vamos juntos, tarde o temprano nos va a atrapar. Andá vos… Yo me quedo acá, tengo mi rifle y sé de qué dirección viene…No la va a sacar barata

-Pero Señor yo…

-¡Basta! ¡Andá dale!

-Está bien…

-Una última cosa chico… estoy seguro de que lo vas a lograr… Te pido un favor… Dale esto a mi hija –sacó del bolsillo de su camisa un pequeño objeto dorado- mi reloj… Dáselo… y dile que…lamento mucho no poder estar ahí para su cumpleaños… Es el mes que viene, ¿sabías?...Cumple 6 añitos… Realmente lo lamento mucho…

-Será un placer hacerlo.

-Muchas gracias chico…Ahora vete rápido

Me puse de pie y comencé a correr en la dirección que creía que era la misma que Manoel nos había indicado. Unos metros más adelante oí el sonido del rifle disparando. ¿Habría logrado el Capitán matar a esa cosa?  Dios quisiera que sí pero no tenía forma de averiguarlo.

Mis piernas seguían andando y no pararían hasta desaparecer. La vegetación cortaba mis hombros y piernas, choqué contra una rama baja y mi ojo izquierdo comenzó a hincharse, mis pies estaban llenos de ampollas reventadas. Todo me dolía como el diablo pero no importaba. No iba a parar.

De pronto más adelante alcancé a ver un destello de luz filtrándose entre la vegetación. Contuve la respiración y di una última carrera. Estaba en un claro. El césped era alto y llegaba hasta mis rodillas pero allí en el medio, a tan solo unos metros más adelante estaba el campamento. No eran más que un par de chozas montadas precariamente pero en aquel momento me parecieron el lugar más hermoso jamás construido.

Me desplomé en el suelo e hice lo único que podía hacer en ese momento: reír. Reí y reí como un loco. Tenía el corazón dado vuelta, las lágrimas no paraban de brotar de mis ojos, pensaba en Herbert, en Manoel, en el Capitán; en ellos que se habían quedado en el camino. Pero sin embargo lo había conseguido, había llegado hasta el final. Todo había terminado. Estaba a salvo.

La tristeza se fusionó con una inmensa alegría y dieron luz a una emoción que no tiene nombre, no puede ser explicada, solamente vivida. Mis carcajadas alcanzaron a los hombres del campamento y en pocos segundos estuve rodeado de miradas preocupadas. Entre dos hombres me levantaron y fueron llevándome hasta el interior de la choza.

Lo próximo que supe era que estaba de nuevo en el sillón de mi departamento. Miré la televisión, allí estaba el pastor brasilero, su nombre era Manoel, nunca le había prestado atención a ese detalle. No me pareció raro.

 Palpé el bolsillo de mi camisa y sentí un bultito. Metí la mano y saqué el reloj. Era uno de esos clásicos relojes de bolsillo dorados, lo abrí para inspeccionarlo mejor. De un lado las manecillas estaban clavadas en las 23:30, del otro una pequeña foto familiar en blanco y negro mostraba al Capitán con su esposa e hija bebé. Él cargaba a la pequeña.

La televisión entró en una tanda publicitaria y el locutor anunció: “A continuación no se pierda un nuevo episodio de Misterios Del Ayer. Esta noche les contaremos sobre las misteriosas desapariciones en el centro del Amazonas”

Levanté el control remoto del suelo y cambié de canal. Dejé sintonizado el canal mexicano, estaban dando El Chavo del 8.

Perfecto.


Esta noche sólo tenía ganas de reír.



jueves, 5 de septiembre de 2013

Capítulo 1 – La Niña de Plata


 ¿Alguna vez sintieron que la vida normal es demasiado aburrida? Siempre la misma rutina, no importa en qué parte del mundo naciste, cuál sea tu oficio, cuáles hayan sido tus sueños cuando eras chico. “Quiero ser un astronauta y tocar las estrellas”. “Quiero ser un famoso arqueólogo y encontrar tesoros antiguos”. “Quiero ser un jugador de fútbol y ganar el mundial”. Nada importa. No importa incluso si eres de los pocos afortunados que han logrado cumplirlos. Solemos ver a esos sujetos, triunfadores de la vida, y pensar “¡Wow! Si que debe ser lindo ser como él. ¡Mirá que lindo auto tiene! ¡Mirá que grande que es su casa! ¡Mirá que hermosa es su mujer!”.  Sin embargo ellos también descubren, tarde o temprano, que la vida es igual para todos.

 La rutina es la misma: levantarse, cepillarse los dientes, desayunar, ir a trabajar, pagar los impuestos, comprar cosas inútiles que con suerte usaremos una sola vez, cenar algo rápido porque estamos cansados e irnos a dormir para al día siguiente repetir el mismo ciclo hasta el infinito.

 Lo peor es que no es sólo eso, sino además, ¿alguna vez se pusieron a pensar en la cantidad de tiempo que perdemos sin darnos cuenta? La sociedad humana parece haberse construido completamente alrededor del concepto más aburrido de todos: hacer una fila. Para todo hay que hacer una fila. Hacer una fila para entrar al cine, hacer una fila para el cajero del supermercado, hacer la fila para ir al baño, hacer la fila para subirte a la montaña rusa… ¡Si hasta hacemos fila para las cosas que odiamos como pagar las cuentas!

  El mundo real es aburrido. Sencillamente aburrido. No lo descubrí hace poco, no tengo ni un lindo auto, ni una casa grande, ni una hermosa  mujer. Lo sé desde que era pequeño. La revelación llegó a mí una tarde de noviembre mientras estudiaba para un trimestral de Ciencias Naturales. Recuerdo haber leído la frase “Mitosis es un proceso que ocurre en el núcleo de las células eucariotas…” y darme cuenta, al instante, como si hubiera aparecido escrito en grandes letras negras en el manual, que la vida era aburrida. Y no importaba qué hiciera, iba a ser siempre así.

 Con el tiempo llegué a acostumbrarme a la rutina. Incluso se podría decir que llegué a quererla. A ella y a todas las pequeñas cosas que la rodean. Quería a mi pequeño monoambiente alquilado, quería a mi confiable bicicleta roja desgastada, quería mi trabajo administrativo en una empresa de seguros y quería mucho, más que a nada, una buena taza de café en la mañana. Sentir ese dulce aroma ingresar por mis fosas nasales, llegar a los pulmones y a partir de ahí a cada rincón de mi cuerpo, me alegraba, me ponía feliz. Eso era algo por lo que valía la pena despertarse día a día.

   Seguramente estarán pensando que están leyendo los desvaríos de un amargado de la vida que no llevan a nada. Y probablemente estarían en lo cierto si me hubiera sentado a escribir todo esto una semana atrás.  Verán, ¿alguna vez tuvieron un sueño tan pero tan placentero que, al despertar, se lamentaron de que terminara? ¿No desearían que ese sueño continuara? O mejor aún, ¿no desearían que el mundo de los sueños fuera el mundo real?

 Apuesto a que sí. Pero déjenme decirles que estarían cometiendo un grave error. El mundo de los sueños no es un lugar agradable. Es, en realidad y contra todo pronóstico, un lugar aterrador. Hacer real nuestras fantasías oníricas también significaría hacer reales nuestras más temibles pesadillas. Si el mundo real fuera el mundo de los sueños, viviríamos con miedo de que las cosas más espantosas que pudiésemos imaginar sucedan de un segundo a otro. En el mundo de los sueños nunca estaríamos a salvo. Lo sé, porque yo estuve ahí.

 Claro, todos estuvimos ahí. Pero no me refiero a eso, no. Todos soñamos. Pero yo he estado ahí. Es difícil de explicar sin sonar como un loco. De hecho no puedo dejar de pensar que quizás esté perdiendo la razón.  Tal vez no sean más que alucinaciones acarreadas por el estrés. Pero,  ¿qué si no? ¿Qué si todo fue real?
 No real-real, si no sucedió en este mundo, pero si real de alguna forma extraña y retorcida y completamente imposible de creer y que ni siquiera existe un término para designarla. Obvio que no espero que me crean, ni yo mismo entiendo qué sucedió.

 ¡Esperen!

 Sí, créanme, porque no estoy loco, pero en vez de seguir dando vueltas voy a hacer lo único que se me ocurre en este caso: contarles directamente todo lo que recuerdo del suceso.

 Todo comenzó el martes pasado. Los martes son, por regla general, el día más colgado de toda la semana. Los lunes son los días bajón en los que nos lamentamos tener que volver a trabajar, los viernes termina la semana, los sábados salimos de fiesta, los domingos estamos con la familia, los jueves se hacen menos pesados porque sabemos que falta poco para el fin de semana y ¡hasta para hacer interesantes los miércoles se decidió que el cine saliera más barato ese día! Pero el martes no hay nada. Un día aburrido, sin gracia, que continúa el bajón del lunes y en el que ir al cine nos sale igual de caro que un sábado. Estoy seguro de que en estos miles de años de historia humana, nunca nada importante se llevó a cabo un martes.

 En fin, volví de trabajar como cualquier día, abrí Facebook para quejarme del estado del tránsito, preparé unos mates y prendí la televisión esperando enganchar alguna película, pero tras dos vueltas completas a los 70 canales desistí de mi idea de encontrar algo interesante para ver. Podía haber salido a dar una vuelta pero estaba demasiado cansado para caminar así que me decidí a ordenar un poco el departamento. Hice una pila de ropa sucia para lavar, lavé los platos, barrí y ordené todo.

 Bueno, casi todo. Aún faltaba el armario. Nunca fui una persona ordenada y mis métodos de limpieza generalmente consistían en ocultar la mugre en un lugar donde no pueda ser vista. No hace mucho que me mudé a este departamento y el armario aún guarda cajas llenas de cosas de mi antiguo hogar: ropa, juguetes viejos, cartas que no quiero volver a leer pero por alguna extraña razón no puedo deshacerme de ellas, recuerdos varios y libros, muchos, muchos libros. Desde chico soy aficionado a la lectura, nada extraño para una persona que odia la realidad, ¿no? Había hecho de ella un hábito que me acompañó durante gran parte de mi vida pero sin motivo aparente lo había abandonado.

 Hacía más de tres años que no me sumergía en ninguno de los queridos libros de la caja y, empujado por un dejo de nostalgia, me arrodillé y me puse a revolver entre ellos. Pasar de título en título trajo toda clase de recuerdos a mi mente, libros que había leído tirado bajo un árbol, libros que me habían ayudado a superar momentos duros de la vida, libros que me transportaron a otros mundos, libros que mi mamá me leía de chico. Precisamente en estos últimos puse la mayor atención.

 Al fondo de la caja había varios ejemplares de colección de cuentos clásicos y muchas obras independientes, mi madre era fanática de ellos y todas las noches antes de dormir me contaba una historia con un énfasis que ya hubiera envidiado para sí más de un actor de Hollywood. Sé que suena cliché, pero si nunca lo vivieron, no les puedo explicar lo fuerte que cala en la conciencia de un niño este simple acto paternal.

 Me quedé mirando la pila un rato y luego seleccioné dos de los libros para llevármelos a leer al sofá. Uno era una colección de cuentos clásicos, el otro se llamaba simplemente “Luna”, uno de mis favoritos de pequeño.

 Contaba la historia de un chico que un día recibía la visita de una niña de plata durante la noche y se convertían en mejores amigos. Luego descubría que en realidad esa niña era la Luna, que había bajado a la Tierra porque se sentía demasiado sola en el cielo. Pero al faltar la Luna muchos desastres naturales comenzaron a suceder y ella decidió volver a cumplir su trabajo. Antes de partir hacen una promesa de volverse a ver. El muchacho crece y finalmente se convierte en un astronauta y llega a la Luna cumpliendo con su promesa.

 Era una linda historia para chicos pero lo que más me llamaba la atención eran sus hermosos dibujos. Cada página contenía solo una pequeña frase en rima, y la mayor porción del papel era ocupada por unas pinturas impresionantes de colores vívidos y que sinceramente, volviéndolas a ver ahora, tenían poco que envidiar a cuadros que verías colgados en un museo. Casi que parecía un desperdicio que fueran usadas para un simple libro infantil. Me extrañó que su autor no fuera hoy en día famoso así que me fui a la última página para buscar su nombre.

 Tanto la historia como los dibujos eran obra de un tal Gerard D’Lucce. No conocía el nombre y al parecer Google tampoco. Sentí  un poco de lástima por el  artista pero no había nada que hacerle, no iba a ser ni la primer ni última persona que no lograba llegar a la cima a pesar de poseer un gran talento.

 Volví a dar vuelta el libro, lo abrí en su primera página y  comencé a leerlo dejándome llevar por las frases y apreciando  detenidamente las imágenes. Hacerlo trajo muchos recuerdos a mi mente, en especial sobre mi madre. Ella falleció cuando yo apenas tenía 10 años y el poco tiempo que pasamos junto lo atesoraba lo más que podía. Uno de mis mayores miedos había sido perder algún día todos esos recuerdos pero por suerte cada vez que me sumergía en estos libros, todos volvían a fluir en mi cabeza con tal nitidez como si hubiesen sucedido hace 15 días y no 15 años.

 Cuando no había llegado ni a pasar ocho páginas, el sueño comenzó a invadirme de una forma que no lo había hecho nunca. No era un cansancio normal, sino la sensación de que cada uno de mis párpados pesaban toneladas y no podía mantenerlos abiertos. Luché durante aproximadamente un minuto pero finalmente terminé sucumbiendo bajo su peso.

 Acto seguido estaba en una playa, juntaba arena con las manos y la apilaba formando el castillo de arena más genial del mundo. Con la punta de los dedos iba armando las ventanitas de cada una de sus torres y con una ramita daba detalles a las murallas.

 -¡Con esto va a quedar súper lindo!

 Frente a mi estaba la Niña de Plata. Su piel, su cabello, su vestido, todo en ella era de un plateado vibrante que resplandecía bajo los rayos del sol. Todo a excepción de sus ojos, dos zafiros del color del mar. En su mano llevaba una estrellita de mar seca, la colocó en la torre central y con eso dio por finalizada nuestra obra arquitectónica de arena.

-¡Listo! ¡Ahora sí está terminado! Mirá que lindo quedó…- Se quedó unos segundos observándolo completamente fascinada con la boca ligeramente abierta- ¡Ahora que está terminado ya podemos vivir en él!

 -¿De qué hablás? –En ese momento descubrí que mi voz era la de un nene de 10 años, pero no le di mayor importancia- ¡Es un castillo de arena! ¡No pueden vivir personas ahí!

-¿Cómo que no?

-¡Y no! Mirá, somos mucho más grandes que este castillo. No podemos vivir ahí. No entramos.

-¡Si que entramos Marcos! –Por cierto, ese es mi nombre, creo que no tuve ocasión de mencionarlo hasta ahora- Mirá...

 Y en cuanto volví mi vista de nuevo al castillo, ya no llegaba solo hasta mis rodillas sino que había cobrado unas dimensiones gigantescas. El portal de entrada debía tener unos 3 metros de altura, el muro unos 5 y ya ni digo las torres.

-¿Viste? –La sonrisa de la Niña de Plata era tan radiante como el Sol, o incluso más- Ahora que tenemos nuestro castillo, yo voy a ser la reina y vos podés ser mi sirviente, ¿dale?

-¡¿Eh?! ¡¿Cómo sirviente?! Yo quiero ser el rey

-¡Para eso vas a tener que atraparme primero! – Y tras decir esto comenzó a correr hacia el interior del castillo mientras volteaba la vista ocasionalmente para sacarme la lengua que, obviamente, también era plateada.

 Corrí por todo el castillo intentando darle alcance. El que habíamos construido era uno típico, con 4 torres en cada esquina y una montaña en el medio, sin embargo su versión gigante parecía una ciudad completa hecha de arena. Tenía avenida principal, una plaza y multitud de casas con sus callecitas y pasillos. Corrí una eternidad pero era imposible alcanzarla con piernas tan cortas.

-¡Me rindo! –Grité- Ya fue, podés ser la reina. Me cansé de correr.

 No hubo respuesta. Las calles del castillo estaban completamente desiertas. Comencé a ponerme nervioso y recorrí de nuevo el lugar llamándola a gritos pero no aparecía. Finalmente oí un sonido extraño proveniente del exterior de las murallas.

 Atravesé el portal y allí, varada sobre la costa, una colosal ballena azul se sacudía intentando sin éxito regresar al agua. Era enorme, mucho más grande de lo que jamás podría ser una ballena real. Su titánico cuerpo se retorcía y aleteaba como lo haría un pez, pero debido a sus dimensiones todos los movimientos eran lentos y toscos. El suelo vibraba con cada rebote del animal.  Parada a unos metros, mirándola con lágrimas en los ojos, estaba la Niña de Plata.

-Pobrecita –Dijo suavemente.

-Cuidado, quedate lejos, te puede aplastar.

-Mirala, está sufriendo –No tengo ni la menor idea de si las ballenas son capaces de emitir sonidos o no estando fuera del agua, pero ésta gemía descontroladamente. Sus gemidos sonaban como los bramidos de una vaca pero potenciados por un centenar de megáfonos – ¡Tenemos que ayudarla!

-Si…-De verdad quería ayudar a esa magnífica criatura pero éramos solo dos nenes, ¿cómo íbamos a hacer para levantarla y devolverla al mar?

 Ambos permanecimos allí de pie contemplando la escena, pensando en silencio maneras de rescatar a la ballena. Quizás podríamos encontrar algo que sirviera para hacer palanca… Inútil. Por más que encontráramos una palanca de ese tamaño, no tendríamos la fuerza necesaria para empujarla. Tampoco podía pedir ayuda a los adultos. ¿Vieron que a veces en los sueños sabemos con total certeza cosas desconociendo el por qué? Bueno, este era uno de esos casos. Aquel mundo estaba vacío de otros seres humanos. Tan solo estábamos yo y la Niña de Plata.

 Las horas pasaron y con ellas llegó la noche. La noche más oscura de todas, al fin y al cabo no había ninguna luna en el cielo y la única luz existente la proporcionaban las estrellas. Ya hacía rato que la ballena había dejado de luchar y ahora simplemente yacía allí, jadeando pesadamente como si acabara de resignarse a su destino.

 Había sucedido también algo extraño con el mar. Cada minuto que pasaba la playa parecía crecer más y más. Cuando la encontramos, la ballena todavía chapoteaba en el agua, ahora las olas rompían donde apenas alcanzaba la vista.

 De repente un aullido lejano quebró el silencio.

-¡No puede ser! –Gritó la Niña de Plata -¡Lobos!

-¡¿Qué?! ¡¿Cómo que lobos?! No hay lobos en esta part… –No hizo falta que terminará la frase pues allí mismo, corriendo a gran velocidad se acercaba una manada de lobos salvajes. Su pelaje gris oscuro se levantaba en picos sobre sus espaldas. Corrían con la mandíbula abierta dejando una estela de vapor y saliva. Los malignos ojos dorados no estaban fijos en nosotros, éramos jóvenes, muy pequeños y podíamos correr. Había una presa mil veces más grande, apetecible y que no representaba ningún tipo de esfuerzo.

 -¡Tenemos que hacer algo! ¡Rápido Marcos, seguime!

 Sin darme tiempo de presentar ninguna objeción, agarró mi mano fuertemente, corrió hacia los lobos agitando nuestros brazos y se puso a gritar.

-¿Q-q-q-qué haces? ¿Estás loca?

-¡Tenemos que alejarlos de ella! –Se agachó un segundo y comenzó a recoger caracoles y piedritas del suelo y a lanzárselas a los lobos. Me quedé congelado y cuando mi cerebro volvió a sí mismo, me sumé a ella.

 Las  conchas de caracol golpeaban a los lobos sin apenas hacerle rasguño y parecía que el plan no iba a funcionar hasta que una impactó justo en el ojo izquierdo del grandote que iba al centro de la manada. Todos los lobos se frenaron en el acto. El líder lanzó un fuerte gruñido y clavó su vista en nosotros.
-¿Y ahora qué hacemos? –Pregunté

-¡Correr! – Apretó aún más fuerte mi mano y ambos corrimos por nuestras vidas.

 Es normal que en los sueños al intentar correr te quedes moviendo las piernas pero tu cuerpo no avance. Afortunadamente esta no fue la ocasión y corrí más rápido de lo que he corrido jamás. En mi cabeza pasaban todas las cosas que sucedieron desde el momento que aparecí en la playa. Mis piernas comenzaban a entumecerse, sentía los caracoles de la arena clavándose en las plantas de mis pies, el sudor corriendo por mi frente, la respiración comenzaba a agitarse. Todas sensaciones que nunca, pero jamás de los jamases, hubiera esperado sentir en un sueño.

Habíamos estado corriendo tierra adentro y finalmente alcanzamos el final de la playa donde la arena daba lugar a un cúmulo de piedras. Vimos una que sobresalía entre el resto y con el mismo impulso que llevábamos de la carrera la trepamos. Los lobos se amontonaron a sus pies y saltaban enloquecidos mientras lanzaban mordiscos intentando alcanzarnos. Por ahora no lo lograban, estábamos lo suficientemente alto como para quedar fuera de su alcance. En cuanto pude recobrar algo el aliento mire a la Niña de Plata y dije:

-Tenemos que salir de acá.

-Si –Respondió ella con los ojos completamente vidriosos- ¿Estás bien?

-Sí, no pasa nada.

-¿No te duele?

 No entendí a que se refería hasta que baje la vista hacia mi pierna izquierda y a la sangre que brotaba de mi pantorrilla. Al parecer durante nuestro salto uno de los lobos me había alcanzado con sus garras, la herida no era muy profunda pero sí, dolía. Mucho.

-Nah, –Dije disimuladamente- es solo un rasguño. ¿Qué hacemos ahora? – La Niña de Plata no respondió. Se quedó sentada, abrazando sus rodillas y mirando fijamente hacia el mar. Yo en cambio no podía quitar mi vista de los lobos,  habían dejado de intentar alcanzarnos saltando y ahora daban vueltas lentamente alrededor de la piedra esperando a que perdiéramos la esperanza y saltásemos a sus fauces.

-Marcos… -Dijo tras un par de minutos.

-¿Qué pasa?

-Ya sé por qué la ballena quedó atrapada en la arena

-¿Por qué?

-Es mi culpa… -Se tapó el rostro con las manos y rompió en llanto

-¿Qué? ¿Qué decís? ¿Cómo va a ser tu culpa?

-Si… lo es. Todo esto es mi culpa. Vos sabes que yo no tendría que estar acá. Tengo que estar ahí arriba, en el cielo… Si no estoy… pasan cosas malas. El mar… funciona mal porque yo no estoy ahí arriba para vigilarlo.

-¡No! Tiene que haber otra forma –Para ese entonces yo también estaba llorando y las palabras salían de mi boca tras un gran esfuerzo.

-No… no la hay. Tengo que volver –Se puso de pie mirando firmemente al cielo, al espacio vacío donde se suponía debía estar la Luna- Pero no estoy triste –Giró la vista hacia mí- Me divertí muchísimo. Pase lo que pase, siempre vamos a ser amigos.

 Sonrió y un halo de luz brillante envolvió su cuerpo y fue haciéndose más y más fuerte a cada segundo. Lentamente sus pies se despegaron del suelo y comenzó su ascenso hacia el firmamento.

-Marcos, una última cosa. El mar va a volver. Pase lo que pase, tenés que correr hacia el castillo. Ahí vas a estar seguro. Te podés quedar con la estrellita de mar, te la regalo.

-¡Esperá! ¡Luna! ¡Te prometo que vamos a volver a vernos! No sé cómo, pero te lo prometo. ¡Esa estrellita de mar va a ser la prueba de nuestra promesa!

 La Niña de Plata no dijo nada pero en su rostro se dibujó una enorme sonrisa. La luz había cobrado tal intensidad que apenas podía fijar mi vista en ella. Los lobos contemplaban anonadados el ascenso, aproveché la oportunidad, pegué un salto y comencé a correr a toda velocidad hacia el castillo.

 Esos segundos de ventaja me permitieron llegar sano. Atravesé el portal y presioné un enorme caracol que hacía las veces de control de la puerta. En vez de bajar una reja, lo que sucedió fue que el enorme portal mágicamente desapareció y el muro de arena quedó completamente liso.

 Pensé en la estrellita de mar, estaba en la punta de torre central, así que fui hacia allá. La torre era enorme y para llegar a la cima uno debía ascender por una interminable escalera caracol. Cuando frené para recuperar el aliento, miré por una de las ventanas y vi que la Luna ya había vuelto a su lugar original. Pero el mar también hacía lo mismo. Una enorme ola se dirigía hacia la costa. Engulló a la ballena, atravesó la playa en un milisegundo e impactó contra las murallas de arena derribándolas como si fueran de papel.

 El agua comenzó a ingresar por la parte baja de la torre y a ascender a gran velocidad. Reanudé mi marcha tan rápido como pude y alcancé finalmente la cima. Era una habitación redonda con muebles de arena pero no había nada en su interior que me importase, lo que me interesaba estaba afuera.  Fui hacia la ventana más próxima y saqué la mitad de mi cuerpo, desde allí pude ver la estrella de mar, clavada en la punta de la torre. Tomé aire, me armé de valor y de alguna manera inexplicable trepé el techo hacia ella.

 La estrella de mar de la punta de la torre había crecido en tamaño, la rodee entre mis brazos con todas mis fuerzas mientras el mundo entero se tambaleaba bajo mis pies. La fuerza de la marea estaba tirando la torre abajo. Caí y caí varios metros, sin soltar en ningún momento la estrella, hasta que mi cuerpo se hundió en el agua.

 Al abrir los ojos estaba de nuevo en mi departamento, sentado en el sillón con el libro tirado entre mis pies y los brazos cruzados en el pecho, como abrazándome a mí mismo. Cuando los corrí vi que allí estaba, presionando contra mi pecho, la estrellita de mar. Un millón de sensaciones se dispararon en mi cuerpo en ese instante, pero creo que la mayor de ellas fue miedo. Me puse de pie, fui a la cocina, preparé un té, tomé un par de aspirinas, me lavé la cara y pase las siguientes horas intentando convencerme de que todo había sido un sueño y de que la estrella de mar debía de haber estado siempre adentro del libro y no me había dado cuenta.

 Salí al balcón a tomar aire. Levanté la vista hacia el cielo, era una hermosa noche de luna llena. Me quedé en silencio contemplando la luna y puedo jurar que, por un instante, pude ver reflejada en ella la radiante sonrisa de la Niña de Plata.

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