¿Alguna vez sintieron que la vida normal es
demasiado aburrida? Siempre la misma rutina, no importa en qué parte del mundo naciste,
cuál sea tu oficio, cuáles hayan sido tus sueños cuando eras chico. “Quiero ser
un astronauta y tocar las estrellas”. “Quiero ser un famoso arqueólogo y
encontrar tesoros antiguos”. “Quiero ser un jugador de fútbol y ganar el
mundial”. Nada importa. No importa incluso si eres de los pocos afortunados que
han logrado cumplirlos. Solemos ver a esos sujetos, triunfadores de la vida, y
pensar “¡Wow! Si que debe ser lindo ser como él. ¡Mirá que lindo auto tiene! ¡Mirá
que grande que es su casa! ¡Mirá que hermosa es su mujer!”. Sin embargo ellos también descubren, tarde o
temprano, que la vida es igual para todos.
La rutina es la misma: levantarse, cepillarse
los dientes, desayunar, ir a trabajar, pagar los impuestos, comprar cosas
inútiles que con suerte usaremos una sola vez, cenar algo rápido porque estamos
cansados e irnos a dormir para al día siguiente repetir el mismo ciclo hasta el
infinito.
Lo peor es que no es sólo eso, sino además,
¿alguna vez se pusieron a pensar en la cantidad de tiempo que perdemos sin
darnos cuenta? La sociedad humana parece haberse construido completamente alrededor
del concepto más aburrido de todos: hacer una fila. Para todo hay que hacer una
fila. Hacer una fila para entrar al cine, hacer una fila para el cajero del
supermercado, hacer la fila para ir al baño, hacer la fila para subirte a la
montaña rusa… ¡Si hasta hacemos fila para las cosas que odiamos como pagar las
cuentas!
El mundo real es aburrido. Sencillamente aburrido. No lo descubrí hace
poco, no tengo ni un lindo auto, ni una casa grande, ni una hermosa mujer. Lo sé desde que era pequeño. La revelación
llegó a mí una tarde de noviembre mientras estudiaba para un trimestral de
Ciencias Naturales. Recuerdo haber leído la frase “Mitosis es un proceso que
ocurre en el núcleo de las células eucariotas…” y darme cuenta, al instante,
como si hubiera aparecido escrito en grandes letras negras en el manual, que la
vida era aburrida. Y no importaba qué hiciera, iba a ser siempre así.
Con el tiempo llegué a acostumbrarme a la
rutina. Incluso se podría decir que llegué a quererla. A ella y a todas las
pequeñas cosas que la rodean. Quería a mi pequeño monoambiente alquilado,
quería a mi confiable bicicleta roja desgastada, quería mi trabajo
administrativo en una empresa de seguros y quería mucho, más que a nada, una
buena taza de café en la mañana. Sentir ese dulce aroma ingresar por mis fosas
nasales, llegar a los pulmones y a partir de ahí a cada rincón de mi cuerpo, me
alegraba, me ponía feliz. Eso era algo por lo que valía la pena despertarse día
a día.
Seguramente estarán pensando que están leyendo
los desvaríos de un amargado de la vida que no llevan a nada. Y probablemente
estarían en lo cierto si me hubiera sentado a escribir todo esto una semana
atrás. Verán, ¿alguna vez tuvieron un
sueño tan pero tan placentero que, al despertar, se lamentaron de que
terminara? ¿No desearían que ese sueño continuara? O mejor aún, ¿no desearían
que el mundo de los sueños fuera el mundo real?
Apuesto a que sí. Pero déjenme decirles que
estarían cometiendo un grave error. El mundo de los sueños no es un lugar
agradable. Es, en realidad y contra todo pronóstico, un lugar aterrador. Hacer
real nuestras fantasías oníricas también significaría hacer reales nuestras más
temibles pesadillas. Si el mundo real fuera el mundo de los sueños, viviríamos
con miedo de que las cosas más espantosas que pudiésemos imaginar sucedan de un
segundo a otro. En el mundo de los sueños nunca estaríamos a salvo. Lo sé,
porque yo estuve ahí.
Claro, todos estuvimos ahí. Pero no me refiero
a eso, no. Todos soñamos. Pero yo he estado ahí. Es difícil de explicar sin
sonar como un loco. De hecho no puedo dejar de pensar que quizás esté perdiendo
la razón. Tal vez no sean más que
alucinaciones acarreadas por el estrés. Pero,
¿qué si no? ¿Qué si todo fue real?
No real-real, si no sucedió en este mundo,
pero si real de alguna forma extraña y retorcida y completamente imposible de
creer y que ni siquiera existe un término para designarla. Obvio que no espero
que me crean, ni yo mismo entiendo qué sucedió.
¡Esperen!
Sí, créanme, porque no estoy loco, pero en vez
de seguir dando vueltas voy a hacer lo único que se me ocurre en este caso:
contarles directamente todo lo que recuerdo del suceso.
Todo comenzó el martes pasado. Los martes son,
por regla general, el día más colgado de toda la semana. Los lunes son los días
bajón en los que nos lamentamos tener que volver a trabajar, los viernes
termina la semana, los sábados salimos de fiesta, los domingos estamos con la
familia, los jueves se hacen menos pesados porque sabemos que falta poco para
el fin de semana y ¡hasta para hacer interesantes los miércoles se decidió que
el cine saliera más barato ese día! Pero el martes no hay nada. Un día
aburrido, sin gracia, que continúa el bajón del lunes y en el que ir al cine
nos sale igual de caro que un sábado. Estoy seguro de que en estos miles de
años de historia humana, nunca nada importante se llevó a cabo un martes.
En fin, volví de trabajar como cualquier día,
abrí Facebook para quejarme del estado del tránsito, preparé unos mates y
prendí la televisión esperando enganchar alguna película, pero tras dos vueltas
completas a los 70 canales desistí de mi idea de encontrar algo interesante
para ver. Podía haber salido a dar una vuelta pero estaba demasiado cansado
para caminar así que me decidí a ordenar un poco el departamento. Hice una pila
de ropa sucia para lavar, lavé los platos, barrí y ordené todo.
Bueno, casi todo. Aún faltaba el armario.
Nunca fui una persona ordenada y mis métodos de limpieza generalmente
consistían en ocultar la mugre en un lugar donde no pueda ser vista. No hace
mucho que me mudé a este departamento y el armario aún guarda cajas llenas de
cosas de mi antiguo hogar: ropa, juguetes viejos, cartas que no quiero volver a
leer pero por alguna extraña razón no puedo deshacerme de ellas, recuerdos
varios y libros, muchos, muchos libros. Desde chico soy aficionado a la
lectura, nada extraño para una persona que odia la realidad, ¿no? Había hecho
de ella un hábito que me acompañó durante gran parte de mi vida pero sin motivo
aparente lo había abandonado.
Hacía más de tres años que no me sumergía en
ninguno de los queridos libros de la caja y, empujado por un dejo de nostalgia,
me arrodillé y me puse a revolver entre ellos. Pasar de título en título trajo
toda clase de recuerdos a mi mente, libros que había leído tirado bajo un
árbol, libros que me habían ayudado a superar momentos duros de la vida, libros
que me transportaron a otros mundos, libros que mi mamá me leía de chico.
Precisamente en estos últimos puse la mayor atención.
Al fondo de la caja había varios ejemplares de
colección de cuentos clásicos y muchas obras independientes, mi madre era
fanática de ellos y todas las noches antes de dormir me contaba una historia
con un énfasis que ya hubiera envidiado para sí más de un actor de Hollywood.
Sé que suena cliché, pero si nunca lo vivieron, no les puedo explicar lo fuerte
que cala en la conciencia de un niño este simple acto paternal.
Me quedé mirando la pila un rato y luego
seleccioné dos de los libros para llevármelos a leer al sofá. Uno era una
colección de cuentos clásicos, el otro se llamaba simplemente “Luna”, uno de
mis favoritos de pequeño.
Contaba la historia de un chico que un día
recibía la visita de una niña de plata durante la noche y se convertían en
mejores amigos. Luego descubría que en realidad esa niña era la Luna, que había
bajado a la Tierra porque se sentía demasiado sola en el cielo. Pero al faltar
la Luna muchos desastres naturales comenzaron a suceder y ella decidió volver a
cumplir su trabajo. Antes de partir hacen una promesa de volverse a ver. El
muchacho crece y finalmente se convierte en un astronauta y llega a la Luna
cumpliendo con su promesa.
Era una linda historia para chicos pero lo que
más me llamaba la atención eran sus hermosos dibujos. Cada página contenía solo
una pequeña frase en rima, y la mayor porción del papel era ocupada por unas
pinturas impresionantes de colores vívidos y que sinceramente, volviéndolas a
ver ahora, tenían poco que envidiar a cuadros que verías colgados en un museo.
Casi que parecía un desperdicio que fueran usadas para un simple libro
infantil. Me extrañó que su autor no fuera hoy en día famoso así que me fui a
la última página para buscar su nombre.
Tanto la historia como los dibujos eran obra
de un tal Gerard D’Lucce. No conocía el nombre y al parecer Google tampoco. Sentí un poco de lástima por el artista pero no había nada que hacerle, no
iba a ser ni la primer ni última persona que no lograba llegar a la cima a
pesar de poseer un gran talento.
Volví a dar vuelta el libro, lo abrí en su
primera página y comencé a leerlo
dejándome llevar por las frases y apreciando
detenidamente las imágenes. Hacerlo trajo muchos recuerdos a mi mente,
en especial sobre mi madre. Ella falleció cuando yo apenas tenía 10 años y el
poco tiempo que pasamos junto lo atesoraba lo más que podía. Uno de mis mayores
miedos había sido perder algún día todos esos recuerdos pero por suerte cada
vez que me sumergía en estos libros, todos volvían a fluir en mi cabeza con tal
nitidez como si hubiesen sucedido hace 15 días y no 15 años.
Cuando no había llegado ni a pasar ocho
páginas, el sueño comenzó a invadirme de una forma que no lo había hecho nunca.
No era un cansancio normal, sino la sensación de que cada uno de mis párpados
pesaban toneladas y no podía mantenerlos abiertos. Luché durante
aproximadamente un minuto pero finalmente terminé sucumbiendo bajo su peso.
Acto seguido estaba en una playa, juntaba
arena con las manos y la apilaba formando el castillo de arena más genial del
mundo. Con la punta de los dedos iba armando las ventanitas de cada una de sus
torres y con una ramita daba detalles a las murallas.
-¡Con esto va a quedar súper lindo!
Frente a mi estaba la Niña de Plata. Su piel,
su cabello, su vestido, todo en ella era de un plateado vibrante que
resplandecía bajo los rayos del sol. Todo a excepción de sus ojos, dos zafiros
del color del mar. En su mano llevaba una estrellita de mar seca, la colocó en
la torre central y con eso dio por finalizada nuestra obra arquitectónica de
arena.
-¡Listo! ¡Ahora sí está
terminado! Mirá que lindo quedó…- Se quedó unos segundos observándolo
completamente fascinada con la boca ligeramente abierta- ¡Ahora que está
terminado ya podemos vivir en él!
-¿De qué hablás? –En ese momento descubrí que
mi voz era la de un nene de 10 años, pero no le di mayor importancia- ¡Es un
castillo de arena! ¡No pueden vivir personas ahí!
-¿Cómo que no?
-¡Y no! Mirá, somos mucho más
grandes que este castillo. No podemos vivir ahí. No entramos.
-¡Si que entramos Marcos! –Por
cierto, ese es mi nombre, creo que no tuve ocasión de mencionarlo hasta ahora-
Mirá...
Y en cuanto volví mi vista de nuevo al
castillo, ya no llegaba solo hasta mis rodillas sino que había cobrado unas
dimensiones gigantescas. El portal de entrada debía tener unos 3 metros de
altura, el muro unos 5 y ya ni digo las torres.
-¿Viste? –La sonrisa de la Niña
de Plata era tan radiante como el Sol, o incluso más- Ahora que tenemos nuestro
castillo, yo voy a ser la reina y vos podés ser mi sirviente, ¿dale?
-¡¿Eh?! ¡¿Cómo sirviente?! Yo
quiero ser el rey
-¡Para eso vas a tener que
atraparme primero! – Y tras decir esto comenzó a correr hacia el interior del
castillo mientras volteaba la vista ocasionalmente para sacarme la lengua que,
obviamente, también era plateada.
Corrí por todo el castillo intentando darle
alcance. El que habíamos construido era uno típico, con 4 torres en cada
esquina y una montaña en el medio, sin embargo su versión gigante parecía una
ciudad completa hecha de arena. Tenía avenida principal, una plaza y multitud
de casas con sus callecitas y pasillos. Corrí una eternidad pero era imposible
alcanzarla con piernas tan cortas.
-¡Me rindo! –Grité- Ya fue, podés
ser la reina. Me cansé de correr.
No hubo respuesta. Las calles del castillo
estaban completamente desiertas. Comencé a ponerme nervioso y recorrí de nuevo
el lugar llamándola a gritos pero no aparecía. Finalmente oí un sonido extraño
proveniente del exterior de las murallas.
Atravesé el portal y allí, varada sobre la
costa, una colosal ballena azul se sacudía intentando sin éxito regresar al
agua. Era enorme, mucho más grande de lo que jamás podría ser una ballena real.
Su titánico cuerpo se retorcía y aleteaba como lo haría un pez, pero debido a
sus dimensiones todos los movimientos eran lentos y toscos. El suelo vibraba
con cada rebote del animal. Parada a
unos metros, mirándola con lágrimas en los ojos, estaba la Niña de Plata.
-Pobrecita –Dijo suavemente.
-Cuidado, quedate lejos, te puede
aplastar.
-Mirala, está sufriendo –No tengo
ni la menor idea de si las ballenas son capaces de emitir sonidos o no estando
fuera del agua, pero ésta gemía descontroladamente. Sus gemidos sonaban como
los bramidos de una vaca pero potenciados por un centenar de megáfonos – ¡Tenemos
que ayudarla!
-Si…-De verdad quería ayudar a
esa magnífica criatura pero éramos solo dos nenes, ¿cómo íbamos a hacer para
levantarla y devolverla al mar?
Ambos permanecimos allí de pie contemplando la
escena, pensando en silencio maneras de rescatar a la ballena. Quizás podríamos
encontrar algo que sirviera para hacer palanca… Inútil. Por más que
encontráramos una palanca de ese tamaño, no tendríamos la fuerza necesaria para
empujarla. Tampoco podía pedir ayuda a los adultos. ¿Vieron que a veces en los
sueños sabemos con total certeza cosas desconociendo el por qué? Bueno, este
era uno de esos casos. Aquel mundo estaba vacío de otros seres humanos. Tan
solo estábamos yo y la Niña de Plata.
Las horas pasaron y con ellas llegó la noche.
La noche más oscura de todas, al fin y al cabo no había ninguna luna en el
cielo y la única luz existente la proporcionaban las estrellas. Ya hacía rato
que la ballena había dejado de luchar y ahora simplemente yacía allí, jadeando
pesadamente como si acabara de resignarse a su destino.
Había sucedido también algo extraño con el
mar. Cada minuto que pasaba la playa parecía crecer más y más. Cuando la
encontramos, la ballena todavía chapoteaba en el agua, ahora las olas rompían
donde apenas alcanzaba la vista.
De repente un aullido lejano quebró el
silencio.
-¡No puede ser! –Gritó la Niña de
Plata -¡Lobos!
-¡¿Qué?! ¡¿Cómo que lobos?! No
hay lobos en esta part… –No hizo falta que terminará la frase pues allí mismo,
corriendo a gran velocidad se acercaba una manada de lobos salvajes. Su pelaje
gris oscuro se levantaba en picos sobre sus espaldas. Corrían con la mandíbula
abierta dejando una estela de vapor y saliva. Los malignos ojos dorados no
estaban fijos en nosotros, éramos jóvenes, muy pequeños y podíamos correr. Había
una presa mil veces más grande, apetecible y que no representaba ningún tipo de
esfuerzo.
-¡Tenemos que hacer algo! ¡Rápido Marcos,
seguime!
Sin darme tiempo de presentar ninguna
objeción, agarró mi mano fuertemente, corrió hacia los lobos agitando nuestros
brazos y se puso a gritar.
-¿Q-q-q-qué haces? ¿Estás loca?
-¡Tenemos que alejarlos de ella!
–Se agachó un segundo y comenzó a recoger caracoles y piedritas del suelo y a
lanzárselas a los lobos. Me quedé congelado y cuando mi cerebro volvió a sí mismo,
me sumé a ella.
Las
conchas de caracol golpeaban a los lobos sin apenas hacerle rasguño y
parecía que el plan no iba a funcionar hasta que una impactó justo en el ojo
izquierdo del grandote que iba al centro de la manada. Todos los lobos se
frenaron en el acto. El líder lanzó un fuerte gruñido y clavó su vista en
nosotros.
-¿Y ahora qué hacemos? –Pregunté
-¡Correr! – Apretó aún más fuerte
mi mano y ambos corrimos por nuestras vidas.
Es normal que en los sueños al intentar correr
te quedes moviendo las piernas pero tu cuerpo no avance. Afortunadamente esta
no fue la ocasión y corrí más rápido de lo que he corrido jamás. En mi cabeza
pasaban todas las cosas que sucedieron desde el momento que aparecí en la
playa. Mis piernas comenzaban a entumecerse, sentía los caracoles de la arena
clavándose en las plantas de mis pies, el sudor corriendo por mi frente, la
respiración comenzaba a agitarse. Todas sensaciones que nunca, pero jamás de los
jamases, hubiera esperado sentir en un sueño.
Habíamos estado corriendo tierra
adentro y finalmente alcanzamos el final de la playa donde la arena daba lugar
a un cúmulo de piedras. Vimos una que sobresalía entre el resto y con el mismo
impulso que llevábamos de la carrera la trepamos. Los lobos se amontonaron a
sus pies y saltaban enloquecidos mientras lanzaban mordiscos intentando
alcanzarnos. Por ahora no lo lograban, estábamos lo suficientemente alto como
para quedar fuera de su alcance. En cuanto pude recobrar algo el aliento mire a
la Niña de Plata y dije:
-Tenemos que salir de acá.
-Si –Respondió ella con los ojos
completamente vidriosos- ¿Estás bien?
-Sí, no pasa nada.
-¿No te duele?
No entendí a que se refería hasta que baje la
vista hacia mi pierna izquierda y a la sangre que brotaba de mi pantorrilla. Al
parecer durante nuestro salto uno de los lobos me había alcanzado con sus
garras, la herida no era muy profunda pero sí, dolía. Mucho.
-Nah, –Dije disimuladamente- es
solo un rasguño. ¿Qué hacemos ahora? – La Niña de Plata no respondió. Se quedó
sentada, abrazando sus rodillas y mirando fijamente hacia el mar. Yo en cambio
no podía quitar mi vista de los lobos,
habían dejado de intentar alcanzarnos saltando y ahora daban vueltas
lentamente alrededor de la piedra esperando a que perdiéramos la esperanza y
saltásemos a sus fauces.
-Marcos… -Dijo tras un par de
minutos.
-¿Qué pasa?
-Ya sé por qué la ballena quedó
atrapada en la arena
-¿Por qué?
-Es mi culpa… -Se tapó el rostro
con las manos y rompió en llanto
-¿Qué? ¿Qué decís? ¿Cómo va a ser
tu culpa?
-Si… lo es. Todo esto es mi
culpa. Vos sabes que yo no tendría que estar acá. Tengo que estar ahí arriba,
en el cielo… Si no estoy… pasan cosas malas. El mar… funciona mal porque yo no
estoy ahí arriba para vigilarlo.
-¡No! Tiene que haber otra forma
–Para ese entonces yo también estaba llorando y las palabras salían de mi boca tras
un gran esfuerzo.
-No… no la hay. Tengo que volver
–Se puso de pie mirando firmemente al cielo, al espacio vacío donde se suponía
debía estar la Luna- Pero no estoy triste –Giró la vista hacia mí- Me divertí
muchísimo. Pase lo que pase, siempre vamos a ser amigos.
Sonrió y un halo de luz brillante envolvió su
cuerpo y fue haciéndose más y más fuerte a cada segundo. Lentamente sus pies se
despegaron del suelo y comenzó su ascenso hacia el firmamento.
-Marcos, una última cosa. El mar
va a volver. Pase lo que pase, tenés que correr hacia el castillo. Ahí vas a
estar seguro. Te podés quedar con la estrellita de mar, te la regalo.
-¡Esperá! ¡Luna! ¡Te prometo que
vamos a volver a vernos! No sé cómo, pero te lo prometo. ¡Esa estrellita de mar
va a ser la prueba de nuestra promesa!
La Niña de Plata no dijo nada pero en su rostro
se dibujó una enorme sonrisa. La luz había cobrado tal intensidad que apenas
podía fijar mi vista en ella. Los lobos contemplaban anonadados el ascenso,
aproveché la oportunidad, pegué un salto y comencé a correr a toda velocidad
hacia el castillo.
Esos segundos de ventaja me permitieron llegar
sano. Atravesé el portal y presioné un enorme caracol que hacía las veces de
control de la puerta. En vez de bajar una reja, lo que sucedió fue que el
enorme portal mágicamente desapareció y el muro de arena quedó completamente
liso.
Pensé en la estrellita de mar, estaba en la
punta de torre central, así que fui hacia allá. La torre era enorme y para
llegar a la cima uno debía ascender por una interminable escalera caracol.
Cuando frené para recuperar el aliento, miré por una de las ventanas y vi que
la Luna ya había vuelto a su lugar original. Pero el mar también hacía lo
mismo. Una enorme ola se dirigía hacia la costa. Engulló a la ballena, atravesó
la playa en un milisegundo e impactó contra las murallas de arena derribándolas
como si fueran de papel.
El agua comenzó a ingresar por la parte baja
de la torre y a ascender a gran velocidad. Reanudé mi marcha tan rápido como
pude y alcancé finalmente la cima. Era una habitación redonda con muebles de
arena pero no había nada en su interior que me importase, lo que me interesaba
estaba afuera. Fui hacia la ventana más
próxima y saqué la mitad de mi cuerpo, desde allí pude ver la estrella de mar,
clavada en la punta de la torre. Tomé aire, me armé de valor y de alguna manera
inexplicable trepé el techo hacia ella.
La estrella de mar de la punta de la torre
había crecido en tamaño, la rodee entre mis brazos con todas mis fuerzas
mientras el mundo entero se tambaleaba bajo mis pies. La fuerza de la marea
estaba tirando la torre abajo. Caí y caí varios metros, sin soltar en ningún
momento la estrella, hasta que mi cuerpo se hundió en el agua.
Al abrir los ojos estaba de nuevo en mi
departamento, sentado en el sillón con el libro tirado entre mis pies y los
brazos cruzados en el pecho, como abrazándome a mí mismo. Cuando los corrí vi
que allí estaba, presionando contra mi pecho, la estrellita de mar. Un millón
de sensaciones se dispararon en mi cuerpo en ese instante, pero creo que la
mayor de ellas fue miedo. Me puse de pie, fui a la cocina, preparé un té, tomé
un par de aspirinas, me lavé la cara y pase las siguientes horas intentando
convencerme de que todo había sido un sueño y de que la estrella de mar debía
de haber estado siempre adentro del libro y no me había dado cuenta.
Salí al balcón a tomar aire. Levanté la vista
hacia el cielo, era una hermosa noche de luna llena. Me quedé en silencio
contemplando la luna y puedo jurar que, por un instante, pude ver reflejada en
ella la radiante sonrisa de la Niña de Plata.