jueves, 5 de septiembre de 2013

Capítulo 1 – La Niña de Plata


 ¿Alguna vez sintieron que la vida normal es demasiado aburrida? Siempre la misma rutina, no importa en qué parte del mundo naciste, cuál sea tu oficio, cuáles hayan sido tus sueños cuando eras chico. “Quiero ser un astronauta y tocar las estrellas”. “Quiero ser un famoso arqueólogo y encontrar tesoros antiguos”. “Quiero ser un jugador de fútbol y ganar el mundial”. Nada importa. No importa incluso si eres de los pocos afortunados que han logrado cumplirlos. Solemos ver a esos sujetos, triunfadores de la vida, y pensar “¡Wow! Si que debe ser lindo ser como él. ¡Mirá que lindo auto tiene! ¡Mirá que grande que es su casa! ¡Mirá que hermosa es su mujer!”.  Sin embargo ellos también descubren, tarde o temprano, que la vida es igual para todos.

 La rutina es la misma: levantarse, cepillarse los dientes, desayunar, ir a trabajar, pagar los impuestos, comprar cosas inútiles que con suerte usaremos una sola vez, cenar algo rápido porque estamos cansados e irnos a dormir para al día siguiente repetir el mismo ciclo hasta el infinito.

 Lo peor es que no es sólo eso, sino además, ¿alguna vez se pusieron a pensar en la cantidad de tiempo que perdemos sin darnos cuenta? La sociedad humana parece haberse construido completamente alrededor del concepto más aburrido de todos: hacer una fila. Para todo hay que hacer una fila. Hacer una fila para entrar al cine, hacer una fila para el cajero del supermercado, hacer la fila para ir al baño, hacer la fila para subirte a la montaña rusa… ¡Si hasta hacemos fila para las cosas que odiamos como pagar las cuentas!

  El mundo real es aburrido. Sencillamente aburrido. No lo descubrí hace poco, no tengo ni un lindo auto, ni una casa grande, ni una hermosa  mujer. Lo sé desde que era pequeño. La revelación llegó a mí una tarde de noviembre mientras estudiaba para un trimestral de Ciencias Naturales. Recuerdo haber leído la frase “Mitosis es un proceso que ocurre en el núcleo de las células eucariotas…” y darme cuenta, al instante, como si hubiera aparecido escrito en grandes letras negras en el manual, que la vida era aburrida. Y no importaba qué hiciera, iba a ser siempre así.

 Con el tiempo llegué a acostumbrarme a la rutina. Incluso se podría decir que llegué a quererla. A ella y a todas las pequeñas cosas que la rodean. Quería a mi pequeño monoambiente alquilado, quería a mi confiable bicicleta roja desgastada, quería mi trabajo administrativo en una empresa de seguros y quería mucho, más que a nada, una buena taza de café en la mañana. Sentir ese dulce aroma ingresar por mis fosas nasales, llegar a los pulmones y a partir de ahí a cada rincón de mi cuerpo, me alegraba, me ponía feliz. Eso era algo por lo que valía la pena despertarse día a día.

   Seguramente estarán pensando que están leyendo los desvaríos de un amargado de la vida que no llevan a nada. Y probablemente estarían en lo cierto si me hubiera sentado a escribir todo esto una semana atrás.  Verán, ¿alguna vez tuvieron un sueño tan pero tan placentero que, al despertar, se lamentaron de que terminara? ¿No desearían que ese sueño continuara? O mejor aún, ¿no desearían que el mundo de los sueños fuera el mundo real?

 Apuesto a que sí. Pero déjenme decirles que estarían cometiendo un grave error. El mundo de los sueños no es un lugar agradable. Es, en realidad y contra todo pronóstico, un lugar aterrador. Hacer real nuestras fantasías oníricas también significaría hacer reales nuestras más temibles pesadillas. Si el mundo real fuera el mundo de los sueños, viviríamos con miedo de que las cosas más espantosas que pudiésemos imaginar sucedan de un segundo a otro. En el mundo de los sueños nunca estaríamos a salvo. Lo sé, porque yo estuve ahí.

 Claro, todos estuvimos ahí. Pero no me refiero a eso, no. Todos soñamos. Pero yo he estado ahí. Es difícil de explicar sin sonar como un loco. De hecho no puedo dejar de pensar que quizás esté perdiendo la razón.  Tal vez no sean más que alucinaciones acarreadas por el estrés. Pero,  ¿qué si no? ¿Qué si todo fue real?
 No real-real, si no sucedió en este mundo, pero si real de alguna forma extraña y retorcida y completamente imposible de creer y que ni siquiera existe un término para designarla. Obvio que no espero que me crean, ni yo mismo entiendo qué sucedió.

 ¡Esperen!

 Sí, créanme, porque no estoy loco, pero en vez de seguir dando vueltas voy a hacer lo único que se me ocurre en este caso: contarles directamente todo lo que recuerdo del suceso.

 Todo comenzó el martes pasado. Los martes son, por regla general, el día más colgado de toda la semana. Los lunes son los días bajón en los que nos lamentamos tener que volver a trabajar, los viernes termina la semana, los sábados salimos de fiesta, los domingos estamos con la familia, los jueves se hacen menos pesados porque sabemos que falta poco para el fin de semana y ¡hasta para hacer interesantes los miércoles se decidió que el cine saliera más barato ese día! Pero el martes no hay nada. Un día aburrido, sin gracia, que continúa el bajón del lunes y en el que ir al cine nos sale igual de caro que un sábado. Estoy seguro de que en estos miles de años de historia humana, nunca nada importante se llevó a cabo un martes.

 En fin, volví de trabajar como cualquier día, abrí Facebook para quejarme del estado del tránsito, preparé unos mates y prendí la televisión esperando enganchar alguna película, pero tras dos vueltas completas a los 70 canales desistí de mi idea de encontrar algo interesante para ver. Podía haber salido a dar una vuelta pero estaba demasiado cansado para caminar así que me decidí a ordenar un poco el departamento. Hice una pila de ropa sucia para lavar, lavé los platos, barrí y ordené todo.

 Bueno, casi todo. Aún faltaba el armario. Nunca fui una persona ordenada y mis métodos de limpieza generalmente consistían en ocultar la mugre en un lugar donde no pueda ser vista. No hace mucho que me mudé a este departamento y el armario aún guarda cajas llenas de cosas de mi antiguo hogar: ropa, juguetes viejos, cartas que no quiero volver a leer pero por alguna extraña razón no puedo deshacerme de ellas, recuerdos varios y libros, muchos, muchos libros. Desde chico soy aficionado a la lectura, nada extraño para una persona que odia la realidad, ¿no? Había hecho de ella un hábito que me acompañó durante gran parte de mi vida pero sin motivo aparente lo había abandonado.

 Hacía más de tres años que no me sumergía en ninguno de los queridos libros de la caja y, empujado por un dejo de nostalgia, me arrodillé y me puse a revolver entre ellos. Pasar de título en título trajo toda clase de recuerdos a mi mente, libros que había leído tirado bajo un árbol, libros que me habían ayudado a superar momentos duros de la vida, libros que me transportaron a otros mundos, libros que mi mamá me leía de chico. Precisamente en estos últimos puse la mayor atención.

 Al fondo de la caja había varios ejemplares de colección de cuentos clásicos y muchas obras independientes, mi madre era fanática de ellos y todas las noches antes de dormir me contaba una historia con un énfasis que ya hubiera envidiado para sí más de un actor de Hollywood. Sé que suena cliché, pero si nunca lo vivieron, no les puedo explicar lo fuerte que cala en la conciencia de un niño este simple acto paternal.

 Me quedé mirando la pila un rato y luego seleccioné dos de los libros para llevármelos a leer al sofá. Uno era una colección de cuentos clásicos, el otro se llamaba simplemente “Luna”, uno de mis favoritos de pequeño.

 Contaba la historia de un chico que un día recibía la visita de una niña de plata durante la noche y se convertían en mejores amigos. Luego descubría que en realidad esa niña era la Luna, que había bajado a la Tierra porque se sentía demasiado sola en el cielo. Pero al faltar la Luna muchos desastres naturales comenzaron a suceder y ella decidió volver a cumplir su trabajo. Antes de partir hacen una promesa de volverse a ver. El muchacho crece y finalmente se convierte en un astronauta y llega a la Luna cumpliendo con su promesa.

 Era una linda historia para chicos pero lo que más me llamaba la atención eran sus hermosos dibujos. Cada página contenía solo una pequeña frase en rima, y la mayor porción del papel era ocupada por unas pinturas impresionantes de colores vívidos y que sinceramente, volviéndolas a ver ahora, tenían poco que envidiar a cuadros que verías colgados en un museo. Casi que parecía un desperdicio que fueran usadas para un simple libro infantil. Me extrañó que su autor no fuera hoy en día famoso así que me fui a la última página para buscar su nombre.

 Tanto la historia como los dibujos eran obra de un tal Gerard D’Lucce. No conocía el nombre y al parecer Google tampoco. Sentí  un poco de lástima por el  artista pero no había nada que hacerle, no iba a ser ni la primer ni última persona que no lograba llegar a la cima a pesar de poseer un gran talento.

 Volví a dar vuelta el libro, lo abrí en su primera página y  comencé a leerlo dejándome llevar por las frases y apreciando  detenidamente las imágenes. Hacerlo trajo muchos recuerdos a mi mente, en especial sobre mi madre. Ella falleció cuando yo apenas tenía 10 años y el poco tiempo que pasamos junto lo atesoraba lo más que podía. Uno de mis mayores miedos había sido perder algún día todos esos recuerdos pero por suerte cada vez que me sumergía en estos libros, todos volvían a fluir en mi cabeza con tal nitidez como si hubiesen sucedido hace 15 días y no 15 años.

 Cuando no había llegado ni a pasar ocho páginas, el sueño comenzó a invadirme de una forma que no lo había hecho nunca. No era un cansancio normal, sino la sensación de que cada uno de mis párpados pesaban toneladas y no podía mantenerlos abiertos. Luché durante aproximadamente un minuto pero finalmente terminé sucumbiendo bajo su peso.

 Acto seguido estaba en una playa, juntaba arena con las manos y la apilaba formando el castillo de arena más genial del mundo. Con la punta de los dedos iba armando las ventanitas de cada una de sus torres y con una ramita daba detalles a las murallas.

 -¡Con esto va a quedar súper lindo!

 Frente a mi estaba la Niña de Plata. Su piel, su cabello, su vestido, todo en ella era de un plateado vibrante que resplandecía bajo los rayos del sol. Todo a excepción de sus ojos, dos zafiros del color del mar. En su mano llevaba una estrellita de mar seca, la colocó en la torre central y con eso dio por finalizada nuestra obra arquitectónica de arena.

-¡Listo! ¡Ahora sí está terminado! Mirá que lindo quedó…- Se quedó unos segundos observándolo completamente fascinada con la boca ligeramente abierta- ¡Ahora que está terminado ya podemos vivir en él!

 -¿De qué hablás? –En ese momento descubrí que mi voz era la de un nene de 10 años, pero no le di mayor importancia- ¡Es un castillo de arena! ¡No pueden vivir personas ahí!

-¿Cómo que no?

-¡Y no! Mirá, somos mucho más grandes que este castillo. No podemos vivir ahí. No entramos.

-¡Si que entramos Marcos! –Por cierto, ese es mi nombre, creo que no tuve ocasión de mencionarlo hasta ahora- Mirá...

 Y en cuanto volví mi vista de nuevo al castillo, ya no llegaba solo hasta mis rodillas sino que había cobrado unas dimensiones gigantescas. El portal de entrada debía tener unos 3 metros de altura, el muro unos 5 y ya ni digo las torres.

-¿Viste? –La sonrisa de la Niña de Plata era tan radiante como el Sol, o incluso más- Ahora que tenemos nuestro castillo, yo voy a ser la reina y vos podés ser mi sirviente, ¿dale?

-¡¿Eh?! ¡¿Cómo sirviente?! Yo quiero ser el rey

-¡Para eso vas a tener que atraparme primero! – Y tras decir esto comenzó a correr hacia el interior del castillo mientras volteaba la vista ocasionalmente para sacarme la lengua que, obviamente, también era plateada.

 Corrí por todo el castillo intentando darle alcance. El que habíamos construido era uno típico, con 4 torres en cada esquina y una montaña en el medio, sin embargo su versión gigante parecía una ciudad completa hecha de arena. Tenía avenida principal, una plaza y multitud de casas con sus callecitas y pasillos. Corrí una eternidad pero era imposible alcanzarla con piernas tan cortas.

-¡Me rindo! –Grité- Ya fue, podés ser la reina. Me cansé de correr.

 No hubo respuesta. Las calles del castillo estaban completamente desiertas. Comencé a ponerme nervioso y recorrí de nuevo el lugar llamándola a gritos pero no aparecía. Finalmente oí un sonido extraño proveniente del exterior de las murallas.

 Atravesé el portal y allí, varada sobre la costa, una colosal ballena azul se sacudía intentando sin éxito regresar al agua. Era enorme, mucho más grande de lo que jamás podría ser una ballena real. Su titánico cuerpo se retorcía y aleteaba como lo haría un pez, pero debido a sus dimensiones todos los movimientos eran lentos y toscos. El suelo vibraba con cada rebote del animal.  Parada a unos metros, mirándola con lágrimas en los ojos, estaba la Niña de Plata.

-Pobrecita –Dijo suavemente.

-Cuidado, quedate lejos, te puede aplastar.

-Mirala, está sufriendo –No tengo ni la menor idea de si las ballenas son capaces de emitir sonidos o no estando fuera del agua, pero ésta gemía descontroladamente. Sus gemidos sonaban como los bramidos de una vaca pero potenciados por un centenar de megáfonos – ¡Tenemos que ayudarla!

-Si…-De verdad quería ayudar a esa magnífica criatura pero éramos solo dos nenes, ¿cómo íbamos a hacer para levantarla y devolverla al mar?

 Ambos permanecimos allí de pie contemplando la escena, pensando en silencio maneras de rescatar a la ballena. Quizás podríamos encontrar algo que sirviera para hacer palanca… Inútil. Por más que encontráramos una palanca de ese tamaño, no tendríamos la fuerza necesaria para empujarla. Tampoco podía pedir ayuda a los adultos. ¿Vieron que a veces en los sueños sabemos con total certeza cosas desconociendo el por qué? Bueno, este era uno de esos casos. Aquel mundo estaba vacío de otros seres humanos. Tan solo estábamos yo y la Niña de Plata.

 Las horas pasaron y con ellas llegó la noche. La noche más oscura de todas, al fin y al cabo no había ninguna luna en el cielo y la única luz existente la proporcionaban las estrellas. Ya hacía rato que la ballena había dejado de luchar y ahora simplemente yacía allí, jadeando pesadamente como si acabara de resignarse a su destino.

 Había sucedido también algo extraño con el mar. Cada minuto que pasaba la playa parecía crecer más y más. Cuando la encontramos, la ballena todavía chapoteaba en el agua, ahora las olas rompían donde apenas alcanzaba la vista.

 De repente un aullido lejano quebró el silencio.

-¡No puede ser! –Gritó la Niña de Plata -¡Lobos!

-¡¿Qué?! ¡¿Cómo que lobos?! No hay lobos en esta part… –No hizo falta que terminará la frase pues allí mismo, corriendo a gran velocidad se acercaba una manada de lobos salvajes. Su pelaje gris oscuro se levantaba en picos sobre sus espaldas. Corrían con la mandíbula abierta dejando una estela de vapor y saliva. Los malignos ojos dorados no estaban fijos en nosotros, éramos jóvenes, muy pequeños y podíamos correr. Había una presa mil veces más grande, apetecible y que no representaba ningún tipo de esfuerzo.

 -¡Tenemos que hacer algo! ¡Rápido Marcos, seguime!

 Sin darme tiempo de presentar ninguna objeción, agarró mi mano fuertemente, corrió hacia los lobos agitando nuestros brazos y se puso a gritar.

-¿Q-q-q-qué haces? ¿Estás loca?

-¡Tenemos que alejarlos de ella! –Se agachó un segundo y comenzó a recoger caracoles y piedritas del suelo y a lanzárselas a los lobos. Me quedé congelado y cuando mi cerebro volvió a sí mismo, me sumé a ella.

 Las  conchas de caracol golpeaban a los lobos sin apenas hacerle rasguño y parecía que el plan no iba a funcionar hasta que una impactó justo en el ojo izquierdo del grandote que iba al centro de la manada. Todos los lobos se frenaron en el acto. El líder lanzó un fuerte gruñido y clavó su vista en nosotros.
-¿Y ahora qué hacemos? –Pregunté

-¡Correr! – Apretó aún más fuerte mi mano y ambos corrimos por nuestras vidas.

 Es normal que en los sueños al intentar correr te quedes moviendo las piernas pero tu cuerpo no avance. Afortunadamente esta no fue la ocasión y corrí más rápido de lo que he corrido jamás. En mi cabeza pasaban todas las cosas que sucedieron desde el momento que aparecí en la playa. Mis piernas comenzaban a entumecerse, sentía los caracoles de la arena clavándose en las plantas de mis pies, el sudor corriendo por mi frente, la respiración comenzaba a agitarse. Todas sensaciones que nunca, pero jamás de los jamases, hubiera esperado sentir en un sueño.

Habíamos estado corriendo tierra adentro y finalmente alcanzamos el final de la playa donde la arena daba lugar a un cúmulo de piedras. Vimos una que sobresalía entre el resto y con el mismo impulso que llevábamos de la carrera la trepamos. Los lobos se amontonaron a sus pies y saltaban enloquecidos mientras lanzaban mordiscos intentando alcanzarnos. Por ahora no lo lograban, estábamos lo suficientemente alto como para quedar fuera de su alcance. En cuanto pude recobrar algo el aliento mire a la Niña de Plata y dije:

-Tenemos que salir de acá.

-Si –Respondió ella con los ojos completamente vidriosos- ¿Estás bien?

-Sí, no pasa nada.

-¿No te duele?

 No entendí a que se refería hasta que baje la vista hacia mi pierna izquierda y a la sangre que brotaba de mi pantorrilla. Al parecer durante nuestro salto uno de los lobos me había alcanzado con sus garras, la herida no era muy profunda pero sí, dolía. Mucho.

-Nah, –Dije disimuladamente- es solo un rasguño. ¿Qué hacemos ahora? – La Niña de Plata no respondió. Se quedó sentada, abrazando sus rodillas y mirando fijamente hacia el mar. Yo en cambio no podía quitar mi vista de los lobos,  habían dejado de intentar alcanzarnos saltando y ahora daban vueltas lentamente alrededor de la piedra esperando a que perdiéramos la esperanza y saltásemos a sus fauces.

-Marcos… -Dijo tras un par de minutos.

-¿Qué pasa?

-Ya sé por qué la ballena quedó atrapada en la arena

-¿Por qué?

-Es mi culpa… -Se tapó el rostro con las manos y rompió en llanto

-¿Qué? ¿Qué decís? ¿Cómo va a ser tu culpa?

-Si… lo es. Todo esto es mi culpa. Vos sabes que yo no tendría que estar acá. Tengo que estar ahí arriba, en el cielo… Si no estoy… pasan cosas malas. El mar… funciona mal porque yo no estoy ahí arriba para vigilarlo.

-¡No! Tiene que haber otra forma –Para ese entonces yo también estaba llorando y las palabras salían de mi boca tras un gran esfuerzo.

-No… no la hay. Tengo que volver –Se puso de pie mirando firmemente al cielo, al espacio vacío donde se suponía debía estar la Luna- Pero no estoy triste –Giró la vista hacia mí- Me divertí muchísimo. Pase lo que pase, siempre vamos a ser amigos.

 Sonrió y un halo de luz brillante envolvió su cuerpo y fue haciéndose más y más fuerte a cada segundo. Lentamente sus pies se despegaron del suelo y comenzó su ascenso hacia el firmamento.

-Marcos, una última cosa. El mar va a volver. Pase lo que pase, tenés que correr hacia el castillo. Ahí vas a estar seguro. Te podés quedar con la estrellita de mar, te la regalo.

-¡Esperá! ¡Luna! ¡Te prometo que vamos a volver a vernos! No sé cómo, pero te lo prometo. ¡Esa estrellita de mar va a ser la prueba de nuestra promesa!

 La Niña de Plata no dijo nada pero en su rostro se dibujó una enorme sonrisa. La luz había cobrado tal intensidad que apenas podía fijar mi vista en ella. Los lobos contemplaban anonadados el ascenso, aproveché la oportunidad, pegué un salto y comencé a correr a toda velocidad hacia el castillo.

 Esos segundos de ventaja me permitieron llegar sano. Atravesé el portal y presioné un enorme caracol que hacía las veces de control de la puerta. En vez de bajar una reja, lo que sucedió fue que el enorme portal mágicamente desapareció y el muro de arena quedó completamente liso.

 Pensé en la estrellita de mar, estaba en la punta de torre central, así que fui hacia allá. La torre era enorme y para llegar a la cima uno debía ascender por una interminable escalera caracol. Cuando frené para recuperar el aliento, miré por una de las ventanas y vi que la Luna ya había vuelto a su lugar original. Pero el mar también hacía lo mismo. Una enorme ola se dirigía hacia la costa. Engulló a la ballena, atravesó la playa en un milisegundo e impactó contra las murallas de arena derribándolas como si fueran de papel.

 El agua comenzó a ingresar por la parte baja de la torre y a ascender a gran velocidad. Reanudé mi marcha tan rápido como pude y alcancé finalmente la cima. Era una habitación redonda con muebles de arena pero no había nada en su interior que me importase, lo que me interesaba estaba afuera.  Fui hacia la ventana más próxima y saqué la mitad de mi cuerpo, desde allí pude ver la estrella de mar, clavada en la punta de la torre. Tomé aire, me armé de valor y de alguna manera inexplicable trepé el techo hacia ella.

 La estrella de mar de la punta de la torre había crecido en tamaño, la rodee entre mis brazos con todas mis fuerzas mientras el mundo entero se tambaleaba bajo mis pies. La fuerza de la marea estaba tirando la torre abajo. Caí y caí varios metros, sin soltar en ningún momento la estrella, hasta que mi cuerpo se hundió en el agua.

 Al abrir los ojos estaba de nuevo en mi departamento, sentado en el sillón con el libro tirado entre mis pies y los brazos cruzados en el pecho, como abrazándome a mí mismo. Cuando los corrí vi que allí estaba, presionando contra mi pecho, la estrellita de mar. Un millón de sensaciones se dispararon en mi cuerpo en ese instante, pero creo que la mayor de ellas fue miedo. Me puse de pie, fui a la cocina, preparé un té, tomé un par de aspirinas, me lavé la cara y pase las siguientes horas intentando convencerme de que todo había sido un sueño y de que la estrella de mar debía de haber estado siempre adentro del libro y no me había dado cuenta.

 Salí al balcón a tomar aire. Levanté la vista hacia el cielo, era una hermosa noche de luna llena. Me quedé en silencio contemplando la luna y puedo jurar que, por un instante, pude ver reflejada en ella la radiante sonrisa de la Niña de Plata.

http://www.hdwallpapers.in/walls/sea__moon_at_mid_night-wide.jpg

No hay comentarios:

Publicar un comentario